Veintiuno
El retorno

Don Lisario
acaba de colgar su poncho detrás de la puerta.
-
Vieja, hace frío.
Herminia lo mira distraída. Ya hace tiempo que los comentarios del
viejo Lisario resbalan por ella como las gotas de lluvia sobre un impermeable.
Doña Elvira ha abandonado “esta tierra de penitencias”, como solía
comentarlo cada vez que podía, hace ya cinco años, y Doña Herminia y Don
Lisario, los vecinos más allegados a ella, la habían acompañado hasta el último
suspiro.
La vida ha cambiado mucho en aquellos campos.
-
Sí, claro que ha
cambiado – asentía a su vez Don Manuel.
La señorita se había jubilado, y había sido reemplazada por un joven
maestro de escuela, “honda preocupación”, pensaban todos para sus adentros,
“¿cómo se van a comportar las niñas con este maestro?”. Y no pensaban
“los niños” en general, sino que “las niñas” en particular. Pero el
tiempo pasó y aparentemente todo funcionaba bien.
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Los mellizos llegaron a la edad del servicio militar y fueron a cumplir
con la obligación patriótica. Y poco a poco, el pueblo fue cambiando de carácter.
Los viejos se morían, lo que resultaba natural, porque la vida es así y tiene
que tener un final. Los jóvenes que no lograban hacer muchas cosas, o un
poquito más de lo que todos esperaban, emigraron hacia la capital y se fueron a
agregar a la población de ciudadanos que vivían de poco o nada, de milagros y
de penitencias. Ya nadie esperaba nada. Hubo sin embargo un momento de
esperanzas enormes y el país entero entró en efervescencia.

En Loreto las noticias circulaban más o menos deformadas. Cambiaron los
días y horarios del tren. Hubo semanas en que se le esperaba y no llegó nunca.
Hasta que de la noche a la mañana los rieles desaparecieron por completo,
dejando una huella serpentina excavada en la tierra.
Hubo idas y venidas. Alguien trajo la noticia de que habían desviado el
recorrido.
-
Desde ahora en
adelante esto será una carretera nomás, don Manuel – le contó el Peregrino,
apodado así por caminar siempre apoyado en una rama seca transformada en bastón
y un bulto colgado en su espalda.
-
¿Ya no va a haber
más diario, entonces? ¿Y el correo con las cartas? ¿Y la mercadería para el
abasto?
- Habrá quir hasta Coltauco[1], don Polillas. Allá donde los indios decían que estaba lleno de renacuajos, será por eso que le dejaron el nombre ¿no?
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Pero Don Manuel ya se sentía cansado. De tanto recorrer el pueblo, el
destartalado taxi que servía para todos, se acatarró cada vez más, tan
achacado como él mismo. Y se enteraron por las noticias de la radio, de la enorme huelga que paralizaba
al país entero.
-
Claro, ahora que
me acuerdo ya hace tiempo que los camiones no pasan por este camino al que todavía
no le han puesto cemento. ¿Señorita, sabe si todavía nos queda azúcar pal
mate o si falta algo más para vender? – preguntó preocupado el Polillas.
-
Creo que se acabó
el café, pero quedan bolsitas de té y sopas Maggi. Ayer vendí las papas que
quedaban a Doña Olga. ¡Que los hombres vayan a plantarse unas chacras y ya!
-
No tenimos
noticias de los niños Señorita. A lo mejor los tienen custodiando a los
huelguistas. Siempre ha sido así, la gente se para de trabajar y los
carabineros llaman a los milicos...
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Don Lisario frunce el ceño, remonta de algunos milímetros la nariz y
acomoda
-
Vieja, mira ¿ Y a
éste no lo conocimos nosotros?
Herminia se para delante de la ventana.
-
Se parece a uno de
los mellizos ¿no?. A lo mejor, pero no sé cuál de los dos será. Es cierto
que no son igualitos, no se parecen para ná, pero son mellizos igual.
-
¿ Y no se habían
ido del país? – comenta Lisario
- A lo mejor vienen a abrir la casa, o el negocio ¡anda tú a saber! – agrega Doña Herminia - ¡Ay, Dios! Cuando me acuerdo de lo que sufrieron los padres, los dos pobrecitos, muertos de pena. Sí, eso sí que se puede decir. Uno se pué morir de pena. Anda a decirle que venga Lisario, anda a ver que entre pá que le demos un tecito.

Erín repliega su larga silueta y se sienta en la silla medio
desvencijada.
-
Gracias Doña
Herminia – sonríe con un dejo de tristeza en la mirada cuando ésta pone una
taza de té delante de él – No, no vengo a abrir nada, ni a vender nada.
Vengo de peregrino, como dicen. ¿Qué adónde quedó mi hermano? Pues,
desaparecido…, que dicen.
-
Y es lo que mató
a sus papás – agrega Don Lisario – Y usté que tuvo que salir arrancando,
que hay cosas que no pueden ser ¿y por qué existen? Dígame ¿ah? – Don
Lisario deja que la última frase se le pierda en el fondo de la garganta.
-
Ya, viejo. Que no
tenís que ponerte así que tamién tai enfermo. Perdone don Erín, es que queríamos
tanto a la Señorita y a Don Manuel...Ella le enseño el silabario a nuestro
hijo, que tamién el Santo Dios tenga en su gloria ¿se acuerda usté del
Antonio, al que todos llamaban el Toñito? Pué tamién lo arrestaron y parece
que no está enterrao en ninguna parte. Si Doña Elvira viviera toavía, por
seguro que ya andaríamos todos buscando a mi Toñito y al hermano de usté tamién.
-
Ya llegarán
fuerzas para ayudarnos a todos, Doña Herminia. El anhelo existe y está afuera,
por el momento. Todo vendrá de afuera, no hay que desesperar.

Erín se aleja por la ruta asfaltada. De vez en cuando los coches lo
rozan de muy cerca. Ya no se sorprende del modo de manejar de aquel país. Del
otro país de donde viene llegando, ha captado y aprendido la paciencia, el
esfuerzo y
La visión de las cortinas que se levantan para saludarlo del otro lado de los cristales de una ventana. Del crujido de una silla que lamenta sus años de espera y de fatiga. Y los rostros morenos, marcados para siempre con el sello del martirio sufrido en carne propia e imaginado en carne ajena, lo acompañan.

Ya es hora de volver, piensa. Ahora llegó la hora
del retorno.
