Veinte

El Candidato

 

-         Le digo que es de mi familia. Mire usted, es un sobrino de uno de los primos de mi difunto marido. En nuestra familia siempre ha habido hombres de buen parecer, inteligentes, capaces de hacer grandes cosas y todo.

 

Don Manuel escucha con mucha atención la conversación de doña Elvira. Algunas campesinas que de paso van a comprar un poco de azúcar, o un cuarto de litro de aceite, han dejado de lado las estanterías del fondo del almacén y paran la oreja para captar las frases de la sabia y tan Doña, la doña Elvira.

 

Aquel comentario surgió cuando la viuda más beata del pueblo, hojeando distraídamente el periódico que acababa de desembarcar de la capital, descubrió la fotografía de uno de los candidatos a diputado.

-         ¡Ay que sí! No me cabe la menor duda, es el retrato, es igualito a su difunto padre. Y fíjese que él también tenía el mismo lunar y en el mismo lugar, debajo del mentón ¿no lo ve usted?

 

Después de mirar atentamente la desteñida fotografía, una fotografía de prensa malhecha, llena de manchas causada por la imprenta del diario, don Manuel se ve obligado a contestar que no ve nada y además de cómo le habían tomado la foto al candidato, aunque hubiese tenido un lunar o más, no se hubiese podido distinguir ningún rastro.

-         ¡Ay, que lástima! – agrega doña Elvira – con lo buen mozo que es le han echado a perder uno de sus encantos.

 

A partir de aquel momento hubo efervescencia en Loreto. Doña Elvira formó un comité de apoyo para el candidato. Como los campesinos de los alrededores y la gente del pueblo nunca se habían metido en cosas de candidatos ni en política alguna, la viuda tuvo que recurrir a sus amistades de la capital para que vinieran a instruirlos a todos. Armaron reuniones y distribuyeron banderitas nacionales. Se redactaron peticiones porque, según la enseñanza de una de las relaciones de la viuda, no se podía apoyar a nadie sin pedirle nada a cambio.

Y se acumularon los papelitos, escritos con pulso titubeante demostrando que algunos niños de la escuela habían prestado mano a sus parientes, en donde se podían descifrar los anhelos, las esperas y hasta los deseos de pronta recuperación para los enfermos.

 

Llegó el día de la visita nacional para el ya joven diputado. El pueblo entero se vistió de fiesta. Se colgaron farolitas de papel y banderitas de tres colores. Se volvió a contratar a los jornaleros, quienes llegaron con sus trajes de domingo y zapatos lustrados, se fabricaron montañas de empanadas y humitas, don Manuel encargó tres toneles de chicha dulce y cajones enteros de cerveza. Los niños de la escuela habían tenido un mes entero de repaso para saber cantar el himno nacional, después de las horas dedicadas a la enseñanza del programa básico. Y todos se prestaban de buen agrado a esa prolongación de la escuela dentro de la escuela porque, según murmuraba el “cuéntame que te lo cuento yo”, el candidato había prometido una escuela más grande, con un patio más ancho, con un retrete bien aislado y cómodo y cuadernos nuevos y lápices de colores con gomas gigantes para los niños de la escuela y “¡El saber no tiene precioo!” había declarado el candidato en uno de sus últimos discursos.

El toque final para honrar la visita del diputado que los representaría ante la república eran los arbolitos que se habían plantado en una banda de terreno, justo delante de la vía del ferrocarril y hasta se había ideado un terrenito con césped y flores.

 

Llegó el momento tan anhelado para todos. El pueblo amasado delante de la vía, con los niños de la escuela y sus banderitas en primera fila, los músicos jornaleros y los notables del pueblo, también abanderados y encopetados, vieron aproximarse el tren que silbaba a cada curva emprendida por la locomotora. ésta suspiró, largó un largo chirrido que parecía un frenazo, tiró un humo espeso por su chimenea de digna locomotora del tren del sur y pausadamente pasó ante la estación de Loreto, mientras el candidato curvado a una ventanilla tendía los brazos con una sonrisa de oreja a oreja. La maestra bajó las manos que ya tenía a las alturas de su mentón para indicar el momento preciso en que los niños debían entonar el primer verso del himno nacional y se volvió para divisar el último vagón del tren que ya iba desapareciendo detrás de una curva.

Todos estuvieron de acuerdo para repartirse las empanadas y las humitas, según el número de personas que componían una familia. Don Manuel tuvo chicha dulce y cerveza para un año entero.

 

Pero doña Elvira, herida en lo más profundo de su sacro santo orgullo, no desarmó hasta lograr una entrevista con el ya elegido diputado de la provincia.

-         ¡Hay que obligarle a cumplir lo que prometió, eso se los digo yo ¡ - clamaba doña Elvira, que de fanática aficionada se había vuelto furia desatada.

-         ¿Y sus correligionarios, qué pasó con ellos? – preguntaba don Manuel, recordando a las relaciones desembarcadas de la capital para instruirlos a todos y rebelarles los misterios insondables de la política, de la que todos habían escuchado hablar, pero que ninguno se había imaginado frecuentar.

-         De ellos me encargo yo, tendrán que cumplir con lo que prometieron, o me iré sola a hacer huelga de hambre delante del edificio del parlamento, para que todos sepan hasta qué punto han sido unos traidores y unos mentirosos. – afirmaba la viuda con un dejo de lagrimón en el fondo de su garganta.

 

Nadie se atrevió a negarle un derecho que le venía de hecho. Además, todos se sentían dolorosamente menoscabados, profundamente despreciados después de tantas esperanzas y esfuerzos para terminar totalmente humillados. Y se volvió a formar un comité, pero esta vez con sólo gente de Loreto, quienes redactaron las peticiones muy bien aprendidas del tiempo de la candidatura del candidato. La respuesta les llegó en un sobre adornado con el sello de la República, invitándolos a asistir a una sesión  parlamentaria, en donde el candidato hablaría delante de todos y de manera muy oficial, de las peticiones que él apoyaría sin duda alguna.

 

Se volvieron a trazar planes, a organizar reuniones para designar a aquellos que podrían representar mejor al pueblo y sus anhelos. Se designó a los más instruidos, porque para hablar con un candidato que ya no lo era más, o mejor, con un diputado que antes era candidato, había que saber hablar con mucha pausa, mostrar que se estaba al corriente de la más mínima noticia y saber introducir la demanda con mucha cortesía y buena educación, pues era así como se llegaba a ser un día un representante digno de todos y para todos.

 

El comité fue formado por el Señor Ibarrus, la Señorita, Doña Elvira, una sobrina del Teniente y su cuñado. Esta vez se precisaron los puntos esenciales y la manera de presentarlos. Se instauró una entrada con un “regalito”, o más bien dicho “un cariñito”, que mostraría al diputado que su gente lo apreciaba y esperaban mucho de él. Entonces, se prepararon con mucho esmero algunos animalitos de arcilla cocida y bien adornados con pinturas de colores, servilletas bordadas y pañitos para las mesillas de salón. Se prepararon los fiambres para el viaje, porque no había que olvidar que los viajes en tren si a veces indisponen también dan hambre. La gallina cocida y los huevos duros instalados en un canasto, coronado por los panes cocidos al horno, tibiecitos y olorosos. Cada cual llevó una botella de agua y se armaron de paciencia por el tiempo que duraría el viaje hasta la capital.

Una vez allá, se sumergieron en la ola intrépida e inconstante de la gran ciudad. Tuvieron que esquivar los empellones de los transeúntes apresurados.  Contemplaron las micros que vomitaban muchedumbres y aunque pareciendo estar repletas lograban tragar de nuevo a olas enteras de gente que subía y bajaba corriendo de ellas con un entrenamiento digno de los deportistas más destacados; un juego en el que niños, jóvenes y viejos parecían haber obtenido diplomas Dios sabe dónde.  

 

Presentaron la carta con su sello oficial a la entrada de la Cámara de diputados. Un guardia los guió e instaló en la galería destinada al público. Doña Elvira insistió con que había que ver primero al diputado para entregarle los “cariñitos”, con el fin de disponerlo mejor para la causa que los llevaba hasta allí, pero el guardia fue inquebrantable:

        No se le puede molestar, por el momento, pero si ustedes insisten le entregaré sus regalos. Después de la oratoria podrán ustedes ir a verle.

 

Y el comité de pedidos se instaló en los banquillos de la galería de la que pudieron asistir a discursos interminables en los que se hablaba de vez en cuando de “alineas del Código”, “porcentajes de importación y de exportación” de lo que no comprendían nada. Y pasó la tarde hasta que la poca asistencia que se había ido a escuchar a los oradores se fue saliendo y dejándoles cada vez más solos, contemplando a una asamblea con muy pocos representantes del pueblo, porque algunos yéndose a almorzar se habían olvidado volver al sacrosanto templo de sus deberes. Y del candidato, nada, brilló completamente por su ausencia.

De vuelta a Loreto juraban todos que nunca más apoyarían a nadie, que la elección de representantes de pueblos como Loreto sería la próxima vez una muestra de voluntad para elegir a los mejores de verdad. Elegirían a aquellos que hacían parar sus trenes en las estaciones en donde se habían desvelado noches enteras para prepararlo todo, a aquellos que prometían y cumplían y que asistían puntualmente a las oratorias y aunque tampoco comprendieran nada, lo que podía resultar una lata pese a que se fuera muy bien atildado e inteligente, y de esto último todos estuvieron de acuerdo, o si no más valía que no se presentaran de candidatos y se quedaran en sus trabajos o en sus casas.

·        ¿Y en qué trabajarán todos? – preguntó la sobrina del Teniente.

·        De oradores – respondió el señor Ibarrus.

 

Capítulo veintiuno