El camino hacia la escuela

Van saltando por entre los charcos de agua, hundiendo sus pies en el
barro que las lluvias torrenciales han depositado como una ofrenda legada por
el invierno.
Los niños ya están acostumbrados a
aquel camino que recorren diariamente. En verano es un lazo polvoriento,
enmarcado por dos enormes alambrados cubiertos de zarzamoras. En primavera, no
deja de parecerse mucho al aspecto que tiene en verano, sólo que por entre las
zarzamoras vuelan mariposas y se esconden lagartos que surgen repentinamente
por entre las piedras del sendero. En otoño, los álamos que se divisan más allá
de los matorrales se visten de amarillo y de rojo. Luego se desvisten con
gracia alada, las hojas se desprenden como si fueran mariposas aturdidas que
resbalaran de las ramas.

Los chicos avanzan dando brincos. Van vestidos con la
chupalla1 que los protege del sol y de la
lluvia, con el poncho oscuro que a veces adornan dibujos ingenuos, cosidos con
lanas multicolores. Aquellos dibujos han costado noches de vela, atardeceres
junto a la lumbre, cuentos de aparecidos y animita2
mientras unas manos oscuras y
arrugadas combinan cada manchita roja, verde, azulina o amarilla.
Los pies, para no dañarse con las piedras, calzan ojotas3
Un par de ojotas cuesta 3000 pesos, o dos días de labor en un campo ajeno, o también, dos sandías y tres kilos de papas.
1.-
sombrero de paja
2.-
almas de los difuntos
3.- calzado hecho con tiras de cuero y suela
de llantas de camión.