Siete

Día Viernes

 

- “¿Con qué te lavas la cara que la tienes tan hermosa?”

- “Con los besos de mi novio y con agüita de rosas”

Las niñas dan vueltas en ronda y hacen los gestos que acompañan la canción. Los niños las escuchan distraídos mientras entornillan el trompo con la cuerda  para hacerlo bailar.

-         ¿Que si hace frío?, pues se calienta el agua en una olla - ¿que adónde se pone la olla?, pues encima del brasero. Las brasas tienen que estar bien rojas, no tienen que despedir humo y el agua tiene que estar hirviendo, así podrán mezclar esa agua hirviendo con un poco de agua fría y ponerla en un lavatorio y entonces con un trapo ¡LIMPIO! y una barra de jabón, friccionarse el cuello, las orejas, las axilas y el torso. Después se vuelve a repetir lo mismo con la parte baja del cuerpo ¡y sin olvidar los dedos de los pies!

La Señorita repite la lección dos o tres veces ante el auditorio mudo que la escucha y tiembla ya pensando en que hay que poner a hervir el agua para lavarse temprano... de mañana... con las primeras luces del alba, porque la maestra es capaz de ponerlos a todos en fila e inspeccionar con minucia el más mínimo vericueto de una oreja, el lunar sombrío de un ombligo y la nitidez de un tobillo y aunque se vaya en alpargatas chapoteando en el barro, nada de excusas ni de razones obvias. El barro se va con un balde de agua, el peñín[1] no tiene perdón de Dios.

-         Señorita – pregunta en voz baja una de las niñas y poniendo su mano en corneta le murmura al oído - ¿y si estoy “en mi día”?

-         Bueno, si estás en tu día, pues que el trapito esté sólo húmedo ¡y te lavas igual!

-         ¡Pero si mi tía, que está esperando familia, dice que no hay que mojarse cuando se tienen “los trastornos” y tampoco cuando se espera familia!

-         Dile a tu tía que si sigue así seis meses más, le nacerá un negro más negro que un africano. Y lo que es peor, oliendo a basura podrida.

 

Es el día de la lección del aseo corporal. La mañana entera se ha dividido en dos partes, una para las labores de la casa y la otra para la higiene corporal.

Los chicos deberán traer pedazos de cuero o de madera, para confeccionar un baúl. Las niñas moldes para confeccionar galletas o pasteles. Después del sacro santo sermón sobre las bondades del agua tibia y del jabón se picarán los dientes de choclo, se cortarán en rodajas las cebollas, se desmenuzarán las hojas de perejil, se fabricarán las humitas. Recetas ancestrales legadas por los abuelos y bisabuelos. Los secretos se transmiten y el toque personal ¿con o sin albahaca?, ¿con pimienta molida o con cebolla frita? ¡a mí me gustan que piquen pó!

Con tan sólo darles un aprendizaje escolar, la Señorita sabe que los niños no retornarían nunca más a la escuela y con mucha cordura los hace salirse del margen, los extrae del cuadro escolar para instruirlos conectándolos al mismo tiempo con la realidad de sus hogares.

Cuando todo esté terminado: las galletas cocidas en el horno para cocer pan, que uno de los antiguos sabios ha fabricado detrás de la parroquia, las humitas hervidas en el agua perfumada con aliños, la maestra y los niños se sentarán a la sombra, debajo del álamo que sirve de reloj para probar los bocados – “¿le falta sal?” – “no está tan salado” – “habrá que poner menos ají de color la próxima vez” ...

 

El día termina pausadamente, el sol que va cayendo de piquero detrás del moño del Quillayquén, acompaña el ruido de los trastes lavados y que gotean al lado de la puerta.

-         A poner todo en el cuartucho – ordena el niño de turno. Y en el fondo de la clase una puerta disimulada, medio escondida en las tinieblas del atardecer, se abre y se cierra dejando todo como si ahí nunca hubiera pasado nada.  

 Capítulo ocho

 

 

 

 

 



[1] palabra india que quiere decir “suciedad del cuerpo”