Seis

Día Jueves.

 

Marita está de turno los jueves. Es la más pequeña de la escuela. Flaquita , enclenque, enfermiza, pasa la vida entera con romadizo.

Cuenta su mamá que cuando Marita nació, las dos estaban casi a punto de morirse. Fue tan horrible lo que tuvo que sufrir con el parto, que se le secó la leche y no tenía cómo alimentar a la guagua, quien, pese a ser un pedacito tan insignificante de ser humano lloraba y lloraba, para que nadie olvidara que tenían que darle de comer. La abuela la alimentó con leche de yegua. La Copa de la Señorita dio su apoyo con la suya, y doña Delia esperaba con mucha paciencia a que el potrillo estuviera saciado para poner su botella bajo la teta de la yegua.

Marita se alimentó después con papa[1] de patatas y de zanahorias. De vez en cuando le daban un huevo fresco, entonces su caca cambiaba de color. Pero fue así como creció; alimentada con cucharadas de sopa de papas, chupando pan duro para ablandar las encías, comiendo como las guaguas hasta que cumplió seis años.

Cuando llegó a la escuela se escondió debajo del banco y ahí se quedó hasta que Panchito salió a tocar la campana.

La maestra no puso atención al comportamiento un poco silvestre de Marita y ordenó que la dejaran tranquila. La chiquita terminó comprendiendo que no servía de nada quedarse metida debajo del pupitre, se sentó y nadie le dio bolas. De repente soltó un estornudo que le sacudió el moño plantado en la cúspide del cráneo y entonces se dieron cuenta de que existía.

Desde aquel momento, cada vez que quiere intervenir durante el curso, primero estornuda, y después se vacía la nariz haciéndola sonar como trompeta.

Cuando a veces el catarro que la atormenta no la deja levantarse, se queda descansando en su cama y sueña que la escuela está llena de polvo. A la Señorita le duele la garganta y no puede ni hablar, porque la garganta le hace cosquillas y tose, tose y tose tanto que las estrellas del cielo se columpian y se ven más grandes de lo que son. La luna, miedosa, se oculta detrás de un árbol, pensando que a lo mejor esa tos de la maestra es el ronquido de un animal extraño. El grillo escondido dentro de un agujero en el quicio de la puerta, interrumpe su serenata porque la maestra tose y vuelve a toser, y de repente ya no es más la maestra que está tosiendo, es Marita que se pone roja y luego morada. Su mamá se precipita y la tira de la cama. Le da golpecitos en la espalda y después le unta los pies en el lavatorio lleno de agua fría. Marita abre unos ojos enormes y logra extraer el gargajo que le aprieta la garganta. La tos se fue huyendo del agua fría, y al mismo tiempo se ha llevado la calentura que le roía las sienes. El catarro y la fiebre han dejado su lengua de fuego que le ara el pecho.

 

Si no llueve, la maestra se detiene delante de la casa. A veces se apea para entrar en la gran pieza que sirve de dormitorio y sala de estar. Pone su mano en la frente de Marita.

-         ¿Llamó al doctor? – le pregunta a la mamá

-         Dijo que vendrá mañana, porque se iba al parto de la Rosa y no podía esperar. Me dijo que si seguía tosiendo que me la llevara a la Asistencia. Le doy agüita de toronjil para que expulse los malos humores.

La maestra sabe que con las aguas de toronjil, con los lavados de yerba buena y con los sahumerios de inciensos no se curan los catarros graves. Pero la fe en lo ancestral no se puede extirpar así como así, el padre José lo sabe muy bien y ella no está dispuesta a caerse tiesa de rabia en medio del dormitorio-sala de estar.

-         ¿Le sirvo un matecito? – pregunta con humildad la mamá.

-         Bueno, sólo uno, porque tengo que llegar antes de que el sol se ponga – responde la Señorita. Y con el mate en la mano frente a la lumbre, contempla el diseño caprichoso de las llamas en la pared de ladrillos. Es la cocina de antaño, que se fabricó al lado de la casa misma, para no tener que sufrir del humo cuando se duerme.

Mientras tanto Marita, hundida en su almohadón, sueña que ya que está de turno y la campana repica para llamar a los niños.

 Capítulo siete



[1] “la papa de la guagua” = el alimento para el bebe