Quince

 

La manda de la Señorita

 

Cuando los mellizos atraparon un resfrío que los dejó tirados en la cama durante más de quince días, la Señorita sufrió el martirio.

El resfrío de uno pasó al otro, quien, de salud más débil que su hermano alcanzó una fiebre de más de cuarenta. Desvelados por la enfermedad de sus hijos, Don Manuel y la maestra se turnaban para sorprender el más mínimo signo de gravedad.

El doctor, después de haber auscultado al mayor, dio como diagnóstico una difteria, cosa grave por aquellos campos.

Después de haber sufrido una dosis masiva de penicilina, Erín tuvo que someterse al rito de sentarse lentamente, poniendo primero una nalga en un cojín y la otra, completamente deshecha, en un vacío cavado especialmente para la causa, en el colchón.

Los niños acababan de cumplir nueve años y la Señorita, con el temor de perderlos, o de perder a uno solo, hizo la promesa solemne de vestirse la vida entera con los colores de la Virgen del Carmen. A partir de ese instante se la vio siempre con vestidos color marrón.

La yegua Copa había sido reemplazada por Chico. Un caballo tuerto, pero de porte esbelto, que don Manuel había comprado a un cochero de la capital.

En verdad Chico le debía la vida al Polillas. El cochero, después de haber constatado que un accidente contra un tranvía había dejado a su caballo tan sólo con un ojo, se disponía a llevarlo al matadero. Pero don Manuel, poniendo a prueba su conocimiento heredado de sus campos, había decidido que Chico convendría perfectamente a la tarea de llevar y traer a la Señorita de su lugar de trabajo.

El caballo, como si hubiera intuido la suerte que le tocaba, desempeñaba perfectamente su oficio. Aprendió rápidamente a obedecer a los chasquidos de lengua que daba suavemente la Señorita, para ponerse a trotar. A galopar muy poco, tan poco que don Manuel comentaba – “este Gil ya está chocho” – lo que, viniendo de su parte, se podía traducir como “este tonto estúpido, ya se puso senil”.  Pero el hecho de que la maestra no fuera un incorregible jinete de  carreras, no perturbaba para nada al valiente caballo. Instaló su vida con mucha calma y buena educación, trotando cuando su patrona se lo ordenaba con su chasquido suavecito, bien plantado entre sus cascos.

Cuando don Manuel lo ensillaba, el animal ponía su lomo como un arco y se mantenía perfectamente inmóvil. Esperaba a que la Señorita lo montara, luego suspiraba soplando por los belfos y sacudía la cabeza haciendo bailar sus crines.

 

Cuando la maestra largaba las riendas Chico alargaba el trote hasta alcanzar un galope tenue, pareciendo volar un poco, como si no tocara el suelo y la Señorita se hallaba igualmente volando, galopando en una nube y como lo decía ella misma “ya ni siento si voy montada a caballo o no”.

Aquella fusión entre hombre y animal parecía ser tan natural que nadie se inmutaba.

-         Chico sabe que tiene que ser manso, o si no ¡cuic! – decía el Polillas asociando el gesto y la palabra.

Capítulo dieciseis