Once
El casamiento de la Olga

La Olga también había hecho parte del contingente de alumnos y alumnas
que la Señorita había llevado, con mucha paciencia, hasta los márgenes
requeridos para superar el analfabetismo.
“Esta escuela será “El
templo del Saber”, había declarado en tiempos antiguos un diputado
elegido por sufragio universal, y al que se había delegado para inaugurar
El insigne representante de las autoridades máximas, sólo había
dejado un nombre, sin apellidos, que alguien había anotado en una libreta. Se
llamaba Hermindio. Y durante muchos años se había denominado al lugar como
siendo “El coto de don Hermindio”.
La Olga sabía la historia de memoria y se la contaba a menudo a los niños
de la clase : “Cuando se inauguró este “Templo del Saber”...como decía
don Hermindio... y lógicamente se la contó también a

Pero la Olga, ya estaba en edad de transitar por los rieles de
–
Mi papá me va a
dar una chacra para cultivarla y los papás de la Olga nos van a ayudar pa'
construir la choza, Señorita – conversaba Alfredo con la maestra.
–
Pero antes tienen
que pasar el examen Académico – alegaba la Señorita – esto no les estará
demás, por si algún día quisieran cambiar de rumbo: dejar el campo y vivir en
la ciudad.
Cuando llegó el mes de María
y los niños acogieron a los “sabios” de vuelta, con los ojos llorosos, las
mejillas ruborosas y la cabeza que les estallaba de tanta matemática, de tantos
nombres ilustres y de tanto recitar al poeta de moda para la Academia :
”El junco de la ribera
y el doble junco del agua,
en el país de un estanque
donde el día se bañaba,
donde volaban inmersas
palomas de inmensas alas”[1]
Las familias de los dos enamorados,
prepararon los festejos y todo lo que debía acompañar la futura boda.
El Padre José tuvo que inventar un
nuevo canto, con Doña Elvira. Los niños que preparaban la primera comunión
agregaron los nombres de los desposados en sus plegarias de amparo y el mundo
siguió dando vueltas.
Esta fiesta, que ahora podría
catalogarse como siendo centenaria, quedó inscrita en la libreta que servía de
Diario de Vida a la señorita :
"Hoy, Domingo 28 de diciembre,
antes que se desencadene el gran calor anunciado por los almanaques y las
estaciones de radio, noticias a las que no doy la importancia debida, quizás
por que tengo a mano a Doña Francisca, y ella sí que sabe leer en las
estrellas, las plantas y en el comportamiento de los animales. Digo pues,
aprovechando que no estamos todavía en momentos de sequía, ni de canícula
mortal para los enfermos, he asistido a la boda de los dos seres más felices,
que jamás había podido imaginar.
Ella, redonda y fresca como sandía.
Sonriente como un ángel, bellísima en su vestido blanco de novia ribeteado con
encajes y una corona de azahares adornando sus rizos negros. El, alto y flaco, y
parece que según los datos estadísticos de la actual medicina, todavía no ha
terminado su desarrollo; veré dentro de algunos años hasta dónde va a crecer.
Pues, dando el brazo a su risueña futura esposa, avanzaron ambos en medio de la
iglesia, mientras unas voces celestiales entonaban la marcha nupcial, con letra
puesta, para el caso, por el Padre José y Doña Elvira. Menos mal que la
antedicha pudo obtener que le trasladaran el piano desde su casa; una marcha
nupcial con guitarra y acordeón no habría resultado tan enternecedora. Así lo
pienso y lo escribo.
La fiesta duró el tiempo debido.
Dos días con sus respectivas noches. Bueno, para mí, se acabó al segundo día.
Necesito dormir mucho, soy de naturaleza débil. Pero el viaje hacia el estado
civil que abrió sus puertas, excepcionalmente en el Retén de Quillayquén, fue
algo inolvidable. Carreta tirada por dos robustos bueyes, yunta adornada con
estrellitas doradas y plateadas. Hasta don Gaetano, el padre de Alfredo, había
cambiado el aro de una de las orejas de sus bueyes, poniéndole uno grande y
dorado en el lugar del de hierro
oxidado, que es lo habitual. He tenido el gran honor de ser la madrina de la
novia.
¡Mis
alumnos, mis grandes y sabios alumnos, que ya se embarcan en la gran aventura de
la vida ! ¡ Qué Dios los bendiga !
Y la Señorita debió cerrar su
"libreta-Diario de Vida", secando seguramente un lagrimón que recorría
dejando su huella en una mejilla limpia de afeites y cosméticos.
Así se vivía en el campo. Así lo
siguió recordando durante el tiempo que duró su vida.