Once

El casamiento de la Olga

 

La Olga también había hecho parte del contingente de alumnos y alumnas que la Señorita había llevado, con mucha paciencia, hasta los márgenes requeridos para superar el analfabetismo.

“Esta escuela será “El templo del Saber”, había declarado en tiempos antiguos un diputado elegido por sufragio universal, y al que se había delegado para inaugurar la escuelita. Y no se supo nunca más de él. Ni de qué ciudad era, ni a quiénes representaba en realidad.

El insigne representante de las autoridades máximas, sólo había dejado un nombre, sin apellidos, que alguien había anotado en una libreta. Se llamaba Hermindio. Y durante muchos años se había denominado al lugar como siendo “El coto de don Hermindio”.

La Olga sabía la historia de memoria y se la contaba a menudo a los niños de la clase : “Cuando se inauguró este “Templo del Saber”...como decía don Hermindio... y lógicamente se la contó también a la Señorita. La maestra acogió la noticia entre interesada y extrañada : -¿Cómo podía ser posible que se ignorara casi todo de un delegado de la República? - se preguntaba una vez a solas en su casuchita de maestra rural. Pero luego olvidaba el problema de tal información para concentrarse en las siluetas de dos jóvenes que se había prometido vigilar de más cerca: a la Olga y al flaco Alfredo. Ambos alumnos de la clase, ya bastante crecidos, sentados en la última fila listos para embarcarse en el tren que los sometería a la tortura del examen académico. A veces, tomaditos de la mano, debajo del banco ; “que se besuqueen fuera de mi vista...”, pensaba la Señorita mientras recorría las hileras, mirando de cerca las manos que escribían y que tenían todos los dedos encima de los cuadernos, manchados con tinta y garrapateados de cifras y letras.

Pero la Olga, ya estaba en edad de transitar por los rieles de la vida. Y el flaco Alfredo tenía la bendición de los padres de la chiquilla.

      Mi papá me va a dar una chacra para cultivarla y los papás de la Olga nos van a ayudar pa' construir la choza, Señorita – conversaba Alfredo con la maestra.

      Pero antes tienen que pasar el examen Académico – alegaba la Señorita – esto no les estará demás, por si algún día quisieran cambiar de rumbo: dejar el campo y vivir en la ciudad.

 Cuando llegó el mes de María y los niños acogieron a los “sabios” de vuelta, con los ojos llorosos, las mejillas ruborosas y la cabeza que les estallaba de tanta matemática, de tantos nombres ilustres y de tanto recitar al poeta de moda para la Academia :

”El junco de la ribera

y el doble junco del agua,

en el país de un estanque

donde el día se bañaba,

donde volaban inmersas

palomas de inmensas alas”[1]

Las familias de los dos enamorados, prepararon los festejos y todo lo que debía acompañar la futura boda.

El Padre José tuvo que inventar un nuevo canto, con Doña Elvira. Los niños que preparaban la primera comunión agregaron los nombres de los desposados en sus plegarias de amparo y el mundo siguió dando vueltas.

 

Esta fiesta, que ahora podría catalogarse como siendo centenaria, quedó inscrita en la libreta que servía de Diario de Vida a la señorita :

"Hoy, Domingo 28 de diciembre, antes que se desencadene el gran calor anunciado por los almanaques y las estaciones de radio, noticias a las que no doy la importancia debida, quizás por que tengo a mano a Doña Francisca, y ella sí que sabe leer en las estrellas, las plantas y en el comportamiento de los animales. Digo pues, aprovechando que no estamos todavía en momentos de sequía, ni de canícula mortal para los enfermos, he asistido a la boda de los dos seres más felices, que jamás había podido imaginar. 

Ella, redonda y fresca como sandía. Sonriente como un ángel, bellísima en su vestido blanco de novia ribeteado con encajes y una corona de azahares adornando sus rizos negros. El, alto y flaco, y parece que según los datos estadísticos de la actual medicina, todavía no ha terminado su desarrollo; veré dentro de algunos años hasta dónde va a crecer. Pues, dando el brazo a su risueña futura esposa, avanzaron ambos en medio de la iglesia, mientras unas voces celestiales entonaban la marcha nupcial, con letra puesta, para el caso, por el Padre José y Doña Elvira. Menos mal que la antedicha pudo obtener que le trasladaran el piano desde su casa; una marcha nupcial con guitarra y acordeón no habría resultado tan enternecedora. Así lo pienso y lo escribo.

La fiesta duró el tiempo debido. Dos días con sus respectivas noches. Bueno, para mí, se acabó al segundo día. Necesito dormir mucho, soy de naturaleza débil. Pero el viaje hacia el estado civil que abrió sus puertas, excepcionalmente en el Retén de Quillayquén, fue algo inolvidable. Carreta tirada por dos robustos bueyes, yunta adornada con estrellitas doradas y plateadas. Hasta don Gaetano, el padre de Alfredo, había cambiado el aro de una de las orejas de sus bueyes, poniéndole uno grande y dorado en  el lugar del de hierro oxidado, que es lo habitual. He tenido el gran honor de ser la madrina de la novia.

 ¡Mis alumnos, mis grandes y sabios alumnos, que ya se embarcan en la gran aventura de la vida ! ¡ Qué Dios los bendiga !

 

Y la Señorita debió cerrar su "libreta-Diario de Vida", secando seguramente un lagrimón que recorría dejando su huella en una mejilla limpia de afeites y cosméticos.

Así se vivía en el campo. Así lo siguió recordando durante el tiempo que duró su vida.

Capítulo doce


[1]Poema de Oscar Castro, poeta nacido en  Rancagüa (Chile)