Ocho

Día Sábado

 

Ya se sabe de antemano que, antes de la llegada del padre José, hay que tener todo listo para los que van a hacer su primera comunión. Los niños más chicos, y a veces hasta uno de los sabios, a quien el diploma de los académicos reveló, que una ley divina existe, y eso aunque vivieran en ese rincón perdido de Loreto, se decide a pasar al confesional cuchicheando sus pecados veniales y mortales.

El padre José ha impuesto horarios para las confesiones.  - Después de la hora, ya no es más la hora... - dice de manera sentenciosa. Los candidatos  hacen cola el primer día. Al segundo día, el padre se aburre esperando, y se presentan sólo dos: el teniente de carabineros de la garita de Quillayquén y doña Elvira, quien no quiere por nada que en el pueblo piensen que se está aprovechando de alojar al padre para que la confiese en privado, no, ¡que todos la vean arrodillada en el confesional, y a las horas impuestas por el representante del Papa en Loreto!

Los niños que harán su comunión deben de guardar un día de ayuno. - ¡La ostia se recibe en ayunas! - sentencia el padre. Y el sábado es ese bendito día en ayunas.

Los hay que han comido golosamente el viernes. Otros se contentan con devorar la mitad de una sandía. Esas sandías verdes y rayadas de blanco, enormes, con pepas negras y una pulpa más roja que la sangre. Uno de los sabios siente que se le llena de saliva la boca pensando en el sabor de la sandía que ha comido la víspera. Pero el sacrificio ritual tiene sus prerrogativas. Hay que saber sufrir para estar en paz con Dios, se consuelan los más.

El domingo por la mañana los niños y las niñas ya están en fila, vestidos de punta en blanco para recibir la ostia.

Sonia, la más grande de la clase, se consiguió un traje largo, todo blanco y el par de zapatos con tacos que van de maravillas para un casamiento.

-         ¿Pero, cómo vas a hacer tu comunión con ese traje? – se sorprende la maestra cuando la ve llegar al pie de la iglesia.

-         Me lo prestó la Olga, era el de su hermana más chica, de cuando se casó.

-         ¡Pero es un traje para casarse, no para hacer su primera comunión! – exclama escandalizada la Señorita.

-         ¡Bueno, y si me lo quito, me voy a quedar en enaguas! – se defiende la chica.

Ante tan sabia respuesta, la maestra hace como si nada. Los que asisten al evento anual esconden sus caras en un abismo de rezos silenciosos y el padre José sólo ve las cabezas con velos y las bocas abiertas en espera del pan sagrado.

 

Capítulo nueve