Nueve

La chica se consuela pensando que hizo
la primera comunión con un lindo traje, el de casada que escandalizó a la
maestra, mientras que a ella la llenó de alegría, porque ya se siente en paz y
en buenas relaciones con Dios y
-
¿De qué sirve
tener un traje tan lindo si no se le puede lucir? – exclama en la soledad de
su retrete, en el fondo del patio.
Claro está que mintió a la Señorita
diciéndole que era un traje que Olga, su vecina, le había prestado. Porque de
otro modo hubiera tenido que contarle la historia desde el principio.
En realidad la historia del traje de
casada no tiene nada de lindo, es una historia triste, tan triste que con sólo
recordarla la flaca siente que se le llenan los ojos de lágrimas.
El vendedor de colchones que desembarcó
un día en Loreto, se había quedado mirándola con la boca abierta. Sonia ya
tenía pechos, aunque sus caderas y sus piernas eran tan flacas, que no solían
atraer la atención de los otros
mozos del pueblo. Tan acostumbrados estaban todos en destacar a las campesinas
de trenzas negras y carnes abundantes, con una piel de canela oliendo a paja y a
rocío. Y Sonia no tenía nada de regordeta, ni de canela, ni de trenza negra.
Al contrario, su piel era pálida como si saliera de una larga enfermedad que le
hubiese dejado sólo la piel y los huesos. Sus cabellos lacios y rucios la
catalogaban como haciendo parte de las “rucias desabrías”. Nada que ver con
las campesinas que trajinaban por Loreto.
Pero los ojos del representante de
El representante, después de haber
visitado a los más afortunados del pueblo, se dispuso a tocar las puertas de
los inquilinos o ex-inquilinos, decidiendo que podría hacerles descuentos y
facilitar sus pagos pasando a cobrar cada quince días.
Cuando tocó a la puerta de la flaca y
que ésta le abrió, se repitió la escena de las miradas boquiabiertas de ambos
lados. La flaca, ruborosa, no lograba cerrar la suya estirada en una ancha
sonrisa, y el representante, como si nunca hubiese visto una criatura tan
perfectamente transparente y huesuda, se la comía con la mirada.
El representante volvió durante seis
meses para cobrar las cuotas de los colchones. Al cabo de cuatro empezó a
tartamudear al oído de Sonia, cuando ésta lo acompañaba hasta el principio de
la huella que subía hasta Loreto :
-
¿Querís[1]
o no querís que nos casemos?
-
¿Y qué van a
decir mi apá y mi amá[2]? – respondía la flaca.
-
Güeno[3], yo les voy a pedir que nos casen.
-
Mi amá no quiere,
porque dice que tengo que terminar la escuela.
-
¿Y de qué te va
a servir la escuela, si nos casamos? – agregaba el de

Pero los padres de la flaca asintieron
casi con alivio. Ya les andaban contando unos vecinos que el vendedor de
colchones y la Sonia se besuqueaban al principio de la huella, que no era
conveniente que se les dejara solos, además la flaca no tenía más que trece años
y aunque ya tuviera tetas no era todavía una mujer hecha y derecha, y si seguía
así se iba a volver en una chueca y deshecha. Y los padres de la flaca dijeron
sí y el vendedor de colchones se embarcó en una nube hasta la ciudad, de la
que volvió con un gran paquete que contenía el vestido de novia y los zapatos.
Pero nadie supo lo del regalo éste, porque había que esperar primero al padre
José, que no llegaría que para el mes de María y ver después si consentía
en casarlos. Y la flaca se dispuso a esperar pacientemente a que llegara
diciembre, esquivando los pellizcos y sacándole las manos del pecho al vendedor.
-
Pero si ya nos
vamos a casar – decía éste.
-
Güeno, tenís que
esperar, después vamos a ver.
Hasta el día en que, cansada o distraída,
la Sonia dejó que las manos del vendedor se deslizaran por su espalda,
recorrieran una parte de sus muslos y se colaran en su braga, para alcanzar el
nido tibio y suave de su pubis. El vendedor de

Mas el representante, que ya había
cobrado la totalidad de sus créditos, se esfumó por completo. La flaca se las
arregló igual para sacar a lucir el traje de novia y hasta el padre José lo
había bendecido.
En la fiesta de fin de año, que tiene
lugar en el potrero de los señores Ibarrus, uno de los hermanos Arias la mira y
le susurra al oído :
-
¿Tai virgen toavía[4]?
-
¿Y a ti qué te
importa?
-
Es que a mí no me
gustan las ollas usadas
-
Y a mí tampoco me
interesan los jinetes que galopan en potras desquiciadas – responde la flaca.
Y diciendo esto, le vuelve la espalda
evitando una bosta de vaca, recogiéndose el borde del vestido que se ha puesto
de nuevo para volverlo a lucir.
Meses después la mamá de la Sonia
tiene que encamarse[5]. Una fiebre mala le aprisiona las
sienes, y grita en su delirio : - “No quiero que se la lleven” – “No
quiero que se la lleven”.
Su prima Berta, al igual que las
vecinas Olga y doña Fortunata, se turnan para velar a la mujer devorada por
-
¡Es que se quedó
el día entero sembrando papas, sin chupalla ni ná! - cuenta la prima.
-
A lo mejor fue el
mal de ojo nomás – cuchichean las vecinas
La mamá yace expuesta en la mesa de
la cocina, rodeada de velas y floreros y vestida con un traje negro de los años
veinte y lo más extraño es que sigue transpirando.
-
- ¿Lo ve que es
el mal de ojo? – insiste la vecina
-
- No, es la fiebre
de la insolación - afirma la prima
– y que todavía no se ha ido, porque se irá con el alma ¿no lo sabe usté?
El gloriao, o vino de velorio, pasa de
mano en mano. Los rezos de las vecinas y de otros habitantes del pueblo, se
escapan por la puerta entreabierta, se pasean por los prados y se quedan
anidando ante las ventanas de los Vicentes. Quizás detrás de esas ventanas los
adoradores de Jesús sin la Virgen, también rezan por la finaíta[6] que un mal soplo de viento se llevó a
mejor vida.
Sonia asiste al entierro con su traje
blanco de novia. La Señorita la mira de reojo y una tristeza enorme se le anida
en el pecho. Acaba de comprender que
[1] quieres
[2] mi papá y mi mamá
[3] bueno
[4] estás virgen todavía
[5] meterse en la cama
[6] la difunta