Nueve

La Flaca Sonia.

 

La flaca Sonia es la más alta de la clase. Pese a que hace ya tres años que frecuenta la escuela, sus parientes piensan que ya ha aprendido bastante, y que ya es tiempo de que se quede en casa, para poder ayudar a su mami, la cual ya no puede más con el ajetreo: lavar las prendas de los señores Ibarrus, ayudar a arar el campo de papas cuando hay que plantar, y su compañero Andrés no puede prestarle mano, porque él trabaja al mismo tiempo en otro campo de papas, el de los señores Ibarrus. Y como la flaca Sonia ya sabe leer y sumar y restar, con eso le basta para que no la hagan lesa con las compras cuando vaya a la ciudá.

La chica se consuela pensando que hizo la primera comunión con un lindo traje, el de casada que escandalizó a la maestra, mientras que a ella la llenó de alegría, porque ya se siente en paz y en buenas relaciones con Dios y la Virgen María.

-         ¿De qué sirve tener un traje tan lindo si no se le puede lucir? – exclama en la soledad de su  retrete, en el fondo del patio.  

Claro está que mintió a la Señorita diciéndole que era un traje que Olga, su vecina, le había prestado. Porque de otro modo hubiera tenido que contarle la historia desde el principio.

En realidad la historia del traje de casada no tiene nada de lindo, es una historia triste, tan triste que con sólo recordarla la flaca siente que se le llenan los ojos de lágrimas.

El vendedor de colchones que desembarcó un día en Loreto, se había quedado mirándola con la boca abierta. Sonia ya tenía pechos, aunque sus caderas y sus piernas eran tan flacas, que no solían atraer la atención  de los otros mozos del pueblo. Tan acostumbrados estaban todos en destacar a las campesinas de trenzas negras y carnes abundantes, con una piel de canela oliendo a paja y a rocío. Y Sonia no tenía nada de regordeta, ni de canela, ni de trenza negra. Al contrario, su piel era pálida como si saliera de una larga enfermedad que le hubiese dejado sólo la piel y los huesos. Sus cabellos lacios y rucios la catalogaban como haciendo parte de las “rucias desabrías”. Nada que ver con las campesinas que trajinaban por Loreto.

Pero los ojos del representante de la casa Buenas Noches la había recorrido de pies a cabeza, desnudándola con la mirada, a un punto tal que Sonia se había sentido en pelotas, descubriendo por primera vez que sus huesos, al igual que su piel y su pelo lacio, podían agradar a alguien y lo más, a un hombre que venía de la ciudad.

 

El representante, después de haber visitado a los más afortunados del pueblo, se dispuso a tocar las puertas de los inquilinos o ex-inquilinos, decidiendo que podría hacerles descuentos y facilitar sus pagos pasando a cobrar cada quince días.

Cuando tocó a la puerta de la flaca y que ésta le abrió, se repitió la escena de las miradas boquiabiertas de ambos lados. La flaca, ruborosa, no lograba cerrar la suya estirada en una ancha sonrisa, y el representante, como si nunca hubiese visto una criatura tan perfectamente transparente y huesuda, se la comía con la mirada.

El representante volvió durante seis meses para cobrar las cuotas de los colchones. Al cabo de cuatro empezó a tartamudear al oído de Sonia, cuando ésta lo acompañaba hasta el principio de la huella que subía hasta Loreto :

-         ¿Querís[1] o no querís que nos casemos?

-         ¿Y qué van a decir mi apá y mi amá[2]? – respondía la flaca.

-         Güeno[3], yo les voy a pedir que nos casen.

-         Mi amá no quiere, porque dice que tengo que terminar la escuela.

-         ¿Y de qué te va a servir la escuela, si nos casamos? – agregaba el de la casa Buenas Noches.

 

Pero los padres de la flaca asintieron casi con alivio. Ya les andaban contando unos vecinos que el vendedor de colchones y la Sonia se besuqueaban al principio de la huella, que no era conveniente que se les dejara solos, además la flaca no tenía más que trece años y aunque ya tuviera tetas no era todavía una mujer hecha y derecha, y si seguía así se iba a volver en una chueca y deshecha. Y los padres de la flaca dijeron sí y el vendedor de colchones se embarcó en una nube hasta la ciudad, de la que volvió con un gran paquete que contenía el vestido de novia y los zapatos. Pero nadie supo lo del regalo éste, porque había que esperar primero al padre José, que no llegaría que para el mes de María y ver después si consentía en casarlos. Y la flaca se dispuso a esperar pacientemente a que llegara diciembre, esquivando los pellizcos y sacándole las manos  del pecho al vendedor.

-         Pero si ya nos vamos a casar – decía éste.

-         Güeno, tenís que esperar, después vamos a ver.

Hasta el día en que, cansada o distraída, la Sonia dejó que las manos del vendedor se deslizaran por su espalda, recorrieran una parte de sus muslos y se colaran en su braga, para alcanzar el nido tibio y suave de su pubis. El vendedor de la casa Buenas Noches inició en el arte de amar a una flaca de trece años, en un recodo de la huella, escondidos por las zarzamoras y acunados por el murmullo del viento.

 

Mas el representante, que ya había cobrado la totalidad de sus créditos, se esfumó por completo. La flaca se las arregló igual para sacar a lucir el traje de novia y hasta el padre José lo había bendecido.

En la fiesta de fin de año, que tiene lugar en el potrero de los señores Ibarrus, uno de los hermanos Arias la mira y le susurra al oído :

-         ¿Tai virgen toavía[4]?

-         ¿Y a ti qué te importa?

-         Es que a mí no me gustan las ollas usadas

-         Y a mí tampoco me interesan los jinetes que galopan en potras desquiciadas – responde la flaca.

Y diciendo esto, le vuelve la espalda evitando una bosta de vaca, recogiéndose el borde del vestido que se ha puesto de nuevo para volverlo a lucir.

Meses después la mamá de la Sonia tiene que encamarse[5]. Una fiebre mala le aprisiona las sienes, y grita en su delirio : - “No quiero que se la lleven” – “No quiero que se la lleven”.

Su prima Berta, al igual que las vecinas Olga y doña Fortunata, se turnan para velar a la mujer devorada por la fiebre. Y cuando muere, las vecinas y la prima empiezan a avanzar hipótesis sobre esa enfermedad tan repentina y fulgurante.

-         ¡Es que se quedó el día entero sembrando papas, sin chupalla ni ná! - cuenta la prima.

-         A lo mejor fue el mal de ojo nomás – cuchichean las vecinas

La mamá yace expuesta en la mesa de la cocina, rodeada de velas y floreros y vestida con un traje negro de los años veinte y lo más extraño es que sigue transpirando.

-         - ¿Lo ve que es el mal de ojo? – insiste la vecina

-         - No, es la fiebre de la insolación  - afirma la prima – y que todavía no se ha ido, porque se irá con el alma ¿no lo sabe usté?  

 

El gloriao, o vino de velorio, pasa de mano en mano. Los rezos de las vecinas y de otros habitantes del pueblo, se escapan por la puerta entreabierta, se pasean por los prados y se quedan anidando ante las ventanas de los Vicentes. Quizás detrás de esas ventanas los adoradores de Jesús sin la Virgen, también rezan por la finaíta[6] que un mal soplo de viento se llevó a mejor vida.

Sonia asiste al entierro con su traje blanco de novia. La Señorita la mira de reojo y una tristeza enorme se le anida en el pecho. Acaba de comprender que la flaquita Sonia no volverá más a la escuela.  

Capítulo diez



[1] quieres

[2] mi papá y mi mamá

[3] bueno

[4] estás virgen todavía

[5] meterse en la cama

[6] la difunta