DOS

La escuela de la Señorita  

La escuela es una gran sala con tres hileras de bancos. Los más pequeños se sientan en la primera y los más grandes en el fondo. Hubo un tiempo en que se destinaba una hilera especialmente para los que ya llevaban un mínimo de cuatro años en la escuela. Estos ya pasaban a hacer parte de los “sabios” y hasta los hay que fueron el orgullo de la Señorita, cuando los llevó hasta la capital del departamento en donde los interrogaron al revés y al derecho; les hicieron repetir las tablas de multiplicar: tuvieron que resolver sumas y restas complicadas, trazar ángulos derechos y ángulos de 60°; dar los nombres de las capitales de América, situar ríos y quebradas de la cordillera; recitar una poesía de un mínimo de cien versos,  para terminar con los nombres de los próceres de la patria.  Los sabios volvieron con un diploma estampado y adornado con el escudo del huemul y el cóndor, que dispusieron como se debe en un cuadro fabricado en la escuela misma y colgaron en el lugar más ostensorio de la casa.

Por uno de los costados la escuela está apegada a la iglesia. No se sabe si se construyó primero la iglesia o la sala de clases. Pero esa parroquia pequeñita, con un portón de madera robusta y desteñida por los soles del verano y las lluvias del invierno se anima, revive cuando llega diciembre.

La Señorita dicta las lecciones a los más grandes mientras hace copiar el alfabeto a los más pequeños. Vigila con ojo certero las a y las e que se agrandan sin medida, como queriendo escaparse de la página, mientras que las eñes y las jotas cobran el tamaño de una hormiguita, o se esconden en la continuación de una p que alarga su palo, o de una t que sube hasta el borde  del margen superior.  

-         Conserva el mismo tamaño de las letras – dice a uno de ellos, y coge el lápiz de manos del pequeño, escribiendo el ejemplo en el margen izquierdo.

Uno de los grandes levanta el dedo:

-         Señorita ¿toco la campana?

-         ¿Ya son las doce? – pregunta sorprendida la maestra.

-         Sí Señorita, la sombra del álamo ya está entrando por la puerta, mire.  

 

El álamo que da sombra en primavera y verano indica las horas del día a aquellos niños expertos en contemplar las estaciones. El reloj del tiempo se sienta con ellos en los bancos de la escuela. Aprenden las cifras que luego leerán a la luz de la lumbre, dibujando el asombro en las pupilas de los abuelos, imponiendo silencio a los padres que escuchan atentos, traduciendo el pasar del tiempo en el reloj de la familia. Las cifras reemplazarán al sol para un alumno de la escuela de la Señorita.  

 

La Señorita escribe algunas observaciones en el margen de un cuaderno. El mayor de los hermanos, el que ya aprendió a leer con ella, llevará el mensaje, hasta que el más pequeño sea capaz de leerlo solo y ser así el lazo que unirá la casa con la escuela.

Capítulo tres