Doce

La Señorita  

La maestra de escuela se llama Agustina Zamora Vicencio. Pero todos le dicen la Señorita. Y aunque haya dejado su vida de señorita y soltera hace ya muchos años atrás, para el pueblo sigue siendo “la Señorita”.

Viniendo de su norte chico natal hace ya tantos años que desembarcó en la estación de Loreto, que ya no añora más la brisa del mar, las colinas onduladas y el grito de las gaviotas de su ciudad de infancia. A veces recuerda con gracia y nostalgia su gran descubrimiento: el tren del sur.

-         ¿Quién lo hubiera dicho? Sí, yo había escuchado hablar del tren, de vez en cuando, y aunque era una niña de la ciudad, nunca había subido en uno. Fíjense ustedes, que cuando mi papá me fue a llevar a la Escuela Normal , que es allá donde se educa a los futuros maestros y maestras de la Enseñanza Pública , él me llevó en victoria. El tren era algo que no se le podía meter en la cabeza. ¡Y una niña joven e inocente como era yo, a lo mejor no habría llegado nunca hasta el Sacrosanto Dominio de tanto saber! ¡En el vientre de ese animal que rodaba en rieles y respiraba echando humo por todos lados, a lo mejor me habrían raptado, y amordazada y apaleada para que me callara, ¡lo peor hubiera podido suceder!

Y la Señorita cuenta, con los ojos brillantes y las mejillas sonrosadas, lo que a lo mejor hubiese sido su vida de haber cogido el tren del sur. Bueno, eso era cuando recién la gente  del pueblo, en general, y una pequeña parte de la clase media empezaban a descubrir que las distancias se podían devorar en aquel animal veloz y crujiente que sembraba el pavor en el ganado cuando el tendido llegaba hasta ciertas comarcas tales como Loreto.

La Señorita encontró marido, sin quererlo y ni siquiera pensarlo, entre los notables del pueblo. Don Manuel, a quien todos nombran el Polillas. Acompañado por su fama de haber amasado fortuna en la ciudá, se presentó, sombrero en la mano y traje de domingo para acompañarla hasta el lugar en donde estaría albergada.

Hay que decir que el Polillas poseía el único taxi del pueblo. Y una carta llegada en el tren de la víspera, anunciando la presencia de la futura maestra, lo había obligado a rebuscar en sus maletas el traje de domingo que había comprado años atrás, cuando sus idas y venidas por las calles de la capital le habían hecho amasar fortuna, lo suficiente para comprar dos potreros y arreglar la casa de sus difuntos padres.  

Desde su vuelta a Loreto, el Polillas, había pensado comprar uno o dos potrillos para la crianza de caballos. Después cambió de idea. Pensó lanzarse en el comercio del heno, o del cultivo de sandías, pero los señores Ibarrus le dieron a entender que un sandial de más por aquellas comarcas le haría una competencia contra la cual no podría luchar : “así que pa’ qué perder tu platita que tanto te costó ganar”, aconsejó el viejo Ibarrus, con un tono afectuoso y paternal, que no escondía ningún reproche ni amenaza escondida. Y el Polillas terminó por montar un comercio de abastos, en donde se podía hallar desde el periódico que desembarcaba del tren, hasta las venditas para los callos de los pies, pasando por las enaguas, el vino y el carbón.  Como había guardado su taxi, pasó a ser uno de los principales servidores del pueblo.

-         El dotor dijo que hay que llevar a Don Gil a la Asistencia . -  Doña Geralda ya está con los dolores del parto.  - ¿Me puee llevar hasta el cerro de don Domingo? tengo que herrarle el caballo y el mío está cojo. –

El Polillas nunca dijo no a nadie, entonces todos estaban contentos y felices.. Cuando vio desembarcar a la Señorita que venía de la gran ciudad, le pudo contar muchas cosas, empezando por el nombre de las calles y jardines de la capital y el de algunas películas que había visto en sus noches de relajo.

La maestra lo había escuchado, primero con condescendencia, después divertida, para terminar con interés. El descubrimiento que había hecho le parecía tan absurdo que lo tomó como si hubiese sido un desafío para su naciente carrera: el Polillas no sabía ni leer ni escribir.

-         ¿Y cómo se lo pudo arreglar usted allá en la ciudad? – le preguntaba.

-         Con el ingenio, Señorita, con el ingenio nomás

-         Y en las cuentas? ¿Nunca lo hicieron leso?

-         ¿Hacer leso al Polillas? ¿Sabe usted por qué me pusieron así? Porque las polillas se meten en todas partes y de puro golosas, se comen todo lo que encuentran, empezando por la ropa. Bueno , yo de goloso me comía todo lo que podía escucharse y con las cuentas igual, nunca me equivoco sacando las cuentas y aprendí a firmar mi nombre, Manuel González Gutierrez para servirla, nada más que mirando dos veces al que pedí que me lo escribiera.

Y la Señorita con don Manuel, el Polillas, se unieron hasta que la muerte los separara, en la capilla apegada a la escuela, y claro, bendecidos por el padre José y festejados por los del pueblo.

Este podría ser el epílogo feliz de una novela de quiosco, de cuando se espera el tren, o de un culebrón que se estira hasta meter su cola por todas partes, en los laberintos mas secretos del alma humana y popular, pero la novela no se acaba aquí y el culebrón es más corto que la vida misma.

De la unión de dos seres desiguales, por un lado, y semejantes por el otro, nacieron tres hijos varones.

Manuelito, el mayor, pues se llamaba siempre al primer varón con el nombre de su padre, tuvo la suerte de un ave peregrina. Tan ligeros fueron su peso y su paso que ya casi nadie en el pueblo recuerda su estadía en esta tierra.

La maestra descendía de una familia numerosa y todos los veranos acogía a uno de sus hermanos con su esposa. Estos, llegando de un apartado rincón del norte, en donde lluvias y heladas caen como una bendición del cielo, acudían aliviados para disfrutar de los campos verdes, de las lluvias más abundantes y del sol menos pesado en aquel rincón del largo país. Hacían cinco años que Rubén y Yunquin se habían casado. Y pese a que la salud de ambos era sin reproche, no lograban concebir hijos.

Yunquin era muy bella. Con una suavidad que acentuaban sus ojos rasgados, heredados de un abuelo chino. Con su piel blanquísima y sus largas trenzas negras se la podía clasificar como haciendo parte de las bellas mestizas de origen asiático. Rubén, quien viniendo de la sierra bajaba de vez en cuando al puerto de Antofagasta, la había conocido en la tienda de abastos que mantenía a aquella familia, también numerosa y trabajadora.  

La única nube gris que se interponía en el camino de aquellos jóvenes desposados, era la gran esterilidad de Yunquin. Pero ella era también la única en saber su terror a la soledad, una especie de fobia hacia los espacios libres e ilimitados.

Extraño mal que le venía quizás de su infancia confinada en los cuartos traseros del comercio de sus padres, con sólo dos ventanas que dejaban pasar la luz del día  y de las que solamente se podían observar parcelas de la vida exterior. Y así cuando la muchacha salía de su escuela, vecina al negocio familial y pasaba detrás del mostrador, tenía la visión de un mundo fragmentado, extractos de vida que pasaban veloces y tenues a la vez.

Cuando, desembarcando por primera vez en Loreto y al llegar a casa de la Señorita, descubrió los campos de trigo, los sandiales y los extensos potreros, sintió que una bolita de angustia se le anidaba en el estómago. Ella no supo interpretar ese malestar que sentía por primera vez y lo consideró como el efecto natural de la fatiga debida al largo viaje desde el norte y al descubrimiento del tren del sur.

Con el nacimiento de Manuelito, Yunquin prolongó sus estadías. El niño pasaba el día entero en brazos de su tía, de tal modo que nunca se le oyó llorar porque apenas despertaba ésta corría para arrullarlo sin fin.

La Señorita había aceptado estas prolongaciones, aunque un poco molesta del exceso de fervor hacia el niño. Pero el hecho de que Rubén, de tanto estar metido en las minas, dejara a su joven esposa la mitad del año esperándole, la habían convencido de la felicidad que resentía su cuñada al poder regalar un poco de ternura a su sobrino.  

La casa de la maestra está apartada del pueblo. Las distancias allá se cuentan en tiempos de reloj: una hora, media mañana, una tarde, un día entero. Y con las posas de agua en invierno, aunque la distancia se recorra a caballo, no se hace más que alargar el tiempo.

Cuando la Señorita se va a su escuela montada en su yegua Copa, don Manuel a su negocio, en pleno centro del pueblo y la muchacha Teresa trajina por el fondo del patio, tendiendo ropa o pela papas en la cocina apegada al costado de la casa, llega el momento tan temido por Yunquin.

Es ahí cuando el chasquido de una hoja que cae afuera cerca del pozo, el salto de una rana que va de piedra en piedra con su ruido de gotas de verano; una mosca que sondea el aire, se para y vuelve a atravesar el espacio incógnito de la muralla, todo, todo se une para aterrorizar a la suave Yunquin.

En el cajón de la cómoda, cerca de la puerta de entrada, yace el revolver que el Polillas mostró un día a su cuñada :

- Por si un maleante llega por aquí, no más con apretar el gatillo y ¡Pam, Pam!  

Manuelito ya cumplió dos años, ya no gatea más y empieza a hablar hasta por los codos. La siesta es sagrada por aquellas tierras, sobre todo cuando empieza el calor.

Yunquin, llegada desde hace tres días, todavía no se ha aclimatado a la ausencia de ruido, a la existencia del vivir monótono, interrumpido sólo por el volar de las abejas. Está muy lejos de bogar en un velero sobre un mar de aguas claras. No, Yunquin aguza el oído al más pequeño susurro de vida.

De repente el viento, quizás el viento, o el soplo del vuelo de una mariposa nocturna extraviada en las lumbres del día, la hacen sobresaltarse. La joven siente el terror que se aferra a sus piernas, sube por la espina dorsal y se le aloja en las entrañas.

En realidad no se supo nunca del momento exacto del accidente. Pero sí se supieron las causas.

Cuando la muchacha Teresa , sobresaltada por la deflagración corrió hasta el cuarto del niño, Yunquin yacía con el revolver en la mano, mirando con ojos que se le salían de las órbitas a Manuelito.  La vida del niño se escapaba en aquella mancha roja que se extendía progresivamente sobre las sábanas de la camita. Yunquin mirando aterrada al bebe de espaldas no hacía más que repetir:

-         Se me escapó el disparo... Se me escapó el disparo...

El doctor, después de constatado el daño, murmuró al oído de don Manuel y de la maestra :

-         Si ustedes quieren dar parte por homicidio, aunque fuese involuntario, les daré más detalles sobre los daños materiales causados a la criatura.

Pero la Señorita y el Polillas tenían demasiada cordura y consideración para llegar a tales extremos.

Yunquin quedó condenada a vivir con el remordimiento que le taladró el cerebro y pudrió sus entrañas. Murió meses después de un cáncer galopante.

El haber perdido así al hijo primogénito, hundió a la Señorita en una depresión sin límites. El doctor le aconsejó tener inmediatamente otro hijo o hija, con tal de colmar aquel vacío insoportable. Y un año después nacieron los mellizos.

La maestra de reemplazo enviada por la Educación Primaria durante los meses que duró el embarazo y el nacimiento de los niños, se alejó con alivio de aquel lugar en donde el tren que pasaba cada dos o tres días no llegaba a ninguna parte y los caminos sin asfaltos y los retretes expuestos tanto a la lluvia como al viento hacían que se anhelaran más aún los aseos, los tranvías, los coches y las luces de la gran ciudad.  

Capítulo trece