Diez

Día Domingo

 

La fiesta de fin de año tiene lugar un día domingo. A veces cae una semana antes del fin de la escuela. Otros , con más suerte para todos, cae justo después del último día.

Como todos los años, la escuela de la Señorita ha obrado para que todo sea un éxito. Los señores Ibarrus han prestado el potrero que está detrás del sandial y al lado de la casa de los hermanos Arias. Estos últimos ya son dos robustos mozos, en búsqueda de mujer para casarse y prestan mano para acarrear los toldos, los bancos, los barriles y las mesas. Tienden hilos de un árbol a otro, a los que se atarán banderitas, estrellas, lunas y acordeones de papel de crepe. Las niñas han improvisado un baile tropical, una chica llegada de la ciudad les ha enseñado la samba. Los varones han montado una carrera de caballos, con premios y regalos. El primer premio consiste en un pato, vivito y coleando, pero que no se crea el ganador que se le dará el pato así como así, no, ese premio también deberá costar esfuerzos. Se pone el pato en una tina llena de agua, así podrá mostrar hasta qué punto los patos son unos virtuosos  en nadar y en zambullirse, y los que quieran prestar mano al ganador de la carrera deberán acertar con cinco anillos de carey alrededor del cogote del ave. La tarde entera pasarán tratando de aprisionarlo con los anillos de carey, pero éste se aprendió la lección de memoria y apenas uno de los participantes hace el gesto de lanzar, la cabeza del palmípedo desaparece bajo el agua.

El pueblo entero asiste a la fiesta de la escuela. Todos menos los Vicentes, que cierran puertas y ventanas como si estuvieran en invierno.

El padre José va a dar una vuelta y acepta un vaso de chicha dulce bajo la ramada.[1] Allí conversa con las familias que ya lo conocen desde hace unos diez años. Acaricia los cabellos de algunos niños a los que bautizó y que ya están cambiando los dientes. A otro que todavía no conoce “porque estuvo enfermo, padre, ya se lo llevaremos pa[2] que le dé su bendición”.

Los jornaleros que tocaban en la novena han venido para animar la fiesta con sus cuecas y valses. Al finalizar el día, ya se han embriagado lo suficiente para no seguir tocando, sino que para bailar sin música. Nadie los contradice. Todos piensan que ellos también merecen bailar un poco.

Las ganancias que han aportado la venta de la chicha, del vino y de la cerveza, a las que se agregan las sumas acumuladas con las ventas del derecho de lanzar los anillos de carey en la cabeza del pato, se guardarán en una caja con llave que se confía a doña Elvira. Ya se han podido hacer reparaciones en la iglesia y en la escuela con el dinero ganado en los años anteriores. Este año quizás le toque el turno al retrete desvencijado, que huele una atrocidad cuando hace calor y que yace medio escondido por un enorme álamo, en el rincón más apartado del patio.

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[1] casita de paja de totora que se utiliza para las fiestas en canchas o espacios despejados.

[2] para