Diecisiete
La bella durmiente en
el potrero

Doña Roxana se sienta en el
taburete frente al tocador. La luna del espejo le muestra un rostro moreno, con
algunas arrugas que nacen entorno a los ojos verdes y claros como un amanecer de
pataguas[1]. Deshace el moño
alto que aprisiona su pelo y cepilla con esmero la cascada oscura que desciende
hasta la cintura.
Mirando el retrato de un joven
marinero frente a una de las lunas del espejo suspira y empieza lentamente a
trenzar los cabellos esparcidos sobre los hombros.
Notó que la vela que había
encendido al anochecer del día pasado, frente al retrato del marino, estaba por
apagarse y el cabo se consumía despidiendo un humo tenue, casi imperceptible,
echando un olor a cera quemada. Dejó su trenza a medio terminar y se fue en
busca de candelas. Las halló en un cajón de la mesilla de noche. Deshizo el
cabo de vela de la palmatoria y puso una candela nueva. Luego sopló suavemente
en la mecha que despedía humo y la acercó a
Doña Roxana vive en el fondo de
los potreros de
Roxana en aquel tiempo, cuando
supo lo de la herencia, tenía sólo 18 años y amaba locamente a Jacinto :
« Jacinto Huéspedes Manzanilla, para servirle a usté… » escribía
el joven al tutor de Roxana ; « teniendo a usté mucho respeto y
considerazión, tengo el mucho honor de pedir a su usía la mano de su ahijá
Roxana… »
Pero el tutor que miraba con
desconfianza al joven enamorado, había impuesto una serie de pruebas con el fin
de alargar la espera y confiando en que no lograría salvarlas todas.
La primera de las pruebas
consistía en enrolarse en la marina, para visitar países lejanos y aprender
idiomas « que no estará demás saberlos con lo concurrido que está el país »,
había comentado el tutor con el fin de darle ánimo. La segunda prueba era que
después de tanto viajar podría juntar bastante dinero, para volar tranquilos
en, la que sería, la naciente vida conyugal. Y la tercera, esperar a que Roxana
cumpliera 21 años, la edad de la madurez para ser mayor.
Después de muchas indagaciones
y papeleos, el joven había logrado enrolarse en
Pasaron los años y en Loreto
corrió la voz de que el joven marinero había perecido ahogado en una tormenta.
Pero Roxana no quiso entender nada. Siguió esperando pese al número de
pretendientes que rondaban, atravesando los potreros, disimulando un amor cada
vez más grande, tanto más que resultaba casi imposible, debido a la falta de
interés de la pretendida.
Los años siguieron pasando y ya
cumplidos sus cincuenta, « la bella del potrero », como se la había
bautizado en las cabañas de pelambre alrededor de un mate, empezó a mostrarse
en el pueblo, haciendo primero unas compras que no la comprometían mucho: una
vez un pan, otras un cuarto de kilo de azúcar, a veces un poco de aceite. Cosas
que hubiera podido encargar a don Manuel, quien se las llevaba desde hacía años
en su taxi, pero que demostraban que el encierro voluntario ya le había pesado
bastante, y quería respirar un poco del aire de Loreto. Quizás este aire le
devolvería la salud y hasta, a lo mejor, el deseo de « convolar ».
Y preguntaban las malas lenguas, conversaban voces impersonales, respondían
ecos en los potreros de
-
¿Pero, por qué la salud ?
-
¿Es que no sabís que casi se murió de una pulmonía?
-
¿Y cómo fue que se pescó la pulmonía?
-
De tanto esperar al marino, con la ventana abierta ¡y en
pleno invierno, te cuento!
-
¿Ya veís lo que le pasó queriendo ser fiel? se quedó
solterona y achacosa pá más remate.
En una de esas noches luminosas
que reflejan un cielo estrellado y una luna amarillenta y redonda como un mundo,
Doña Roxana se sentó frente al tocador, estiró su trenza negra delante del
seno izquierdo, un seno virgen y puro, como todo su cuerpo. Cogió un par de
tijeras, y de un tijeretazo cortó su cabello trenzado. Depositó la ofrenda en
una caja de zapatos. Se tendió en la cama después de soplar la vela y se durmió
soñando que bogaba por un mar azul sembrado de flores y habitado por gaviotas,
focas y delfines.
La encontraron dos días después,
cuando rompió a llorar el cielo y uno de sus galanes que rondaba por el potrero
se percató que la ventana abierta de par en par, dejaba entrar el agua a
torrentes y las cortinas danzaban una zarabanda, azotadas por el viento.
Nunca se supo la verdadera causa
de su muerte. Los hay que tienen su opinión: de amor imposible… de falta de
cariño… de hastío … de soledad…
