Diecisiete

La bella durmiente en el potrero

 

Doña Roxana se sienta en el taburete frente al tocador. La luna del espejo le muestra un rostro moreno, con algunas arrugas que nacen entorno a los ojos verdes y claros como un amanecer de pataguas[1]. Deshace el moño alto que aprisiona su pelo y cepilla con esmero la cascada oscura que desciende hasta la cintura.

Mirando el retrato de un joven marinero frente a una de las lunas del espejo suspira y empieza lentamente a trenzar los cabellos esparcidos sobre los hombros.

Notó que la vela que había encendido al anochecer del día pasado, frente al retrato del marino, estaba por apagarse y el cabo se consumía despidiendo un humo tenue, casi imperceptible, echando un olor a cera quemada. Dejó su trenza a medio terminar y se fue en busca de candelas. Las halló en un cajón de la mesilla de noche. Deshizo el cabo de vela de la palmatoria y puso una candela nueva. Luego sopló suavemente en la mecha que despedía humo y la acercó a la esperma. Esta chirrió y poco a poco la lucecita empezó a agrandarse, hasta convertirse en una antorcha miniatura que abarcó el espacio vacío del espejo.

Doña Roxana vive en el fondo de los potreros de la Media Luna. La casita que habita desde hace ya más de treinta años le tocó por herencia, cuando un notario minucioso y cejudo extrajo unos papeles amarillentos del fondo de un baúl de cuero, de esos que llevan fierros y pestillos, para reconstituir la descendencia de don Samuel Olígano Plantades: capitán general de un batallón de húsares de un país desconocido, al que se había premiado por « hechos heroicos » recibiendo como gratificación la casita situada al fondo de uno de los potreros.

Roxana en aquel tiempo, cuando supo lo de la herencia, tenía sólo 18 años y amaba locamente a Jacinto : « Jacinto Huéspedes Manzanilla, para servirle a usté… » escribía el joven al tutor de Roxana ; « teniendo a usté mucho respeto y considerazión, tengo el mucho honor de pedir a su usía la mano de su ahijá Roxana… »

Pero el tutor que miraba con desconfianza al joven enamorado, había impuesto una serie de pruebas con el fin de alargar la espera y confiando en que no lograría salvarlas todas.

La primera de las pruebas consistía en enrolarse en la marina, para visitar países lejanos y aprender idiomas « que no estará demás saberlos con lo concurrido que está el país », había comentado el tutor con el fin de darle ánimo. La segunda prueba era que después de tanto viajar podría juntar bastante dinero, para volar tranquilos en, la que sería, la naciente vida conyugal. Y la tercera, esperar a que Roxana cumpliera 21 años, la edad de la madurez para ser mayor.

Después de muchas indagaciones y papeleos, el joven había logrado enrolarse en la Marina Mercante. Y desde aquel momento, Roxana pasó a reemplazar a las damas de los tiempos de las Cruzadas, de cuando desde lo alto de sus torres éstas acechaban la llegada del caballero andante, sólo que la joven no vivía en una torre, sino que en la casita heredada en el fondo de un potrero.

Pasaron los años y en Loreto corrió la voz de que el joven marinero había perecido ahogado en una tormenta. Pero Roxana no quiso entender nada. Siguió esperando pese al número de pretendientes que rondaban, atravesando los potreros, disimulando un amor cada vez más grande, tanto más que resultaba casi imposible, debido a la falta de interés de la pretendida.

Los años siguieron pasando y ya cumplidos sus cincuenta, « la bella del potrero », como se la había bautizado en las cabañas de pelambre alrededor de un mate, empezó a mostrarse en el pueblo, haciendo primero unas compras que no la comprometían mucho: una vez un pan, otras un cuarto de kilo de azúcar, a veces un poco de aceite. Cosas que hubiera podido encargar a don Manuel, quien se las llevaba desde hacía años en su taxi, pero que demostraban que el encierro voluntario ya le había pesado bastante, y quería respirar un poco del aire de Loreto. Quizás este aire le devolvería la salud y hasta, a lo mejor, el deseo de « convolar ». Y preguntaban las malas lenguas, conversaban voces impersonales, respondían ecos en los potreros de la Media Luna  :

-         ¿Pero, por qué la salud ?

-         ¿Es que no sabís que casi se murió de una pulmonía?

-         ¿Y cómo fue que se pescó la pulmonía?

-         De tanto esperar al marino, con la ventana abierta ¡y en pleno invierno, te cuento!

-         ¿Ya veís lo que le pasó queriendo ser fiel? se quedó solterona y achacosa pá más remate.

En una de esas noches luminosas que reflejan un cielo estrellado y una luna amarillenta y redonda como un mundo, Doña Roxana se sentó frente al tocador, estiró su trenza negra delante del seno izquierdo, un seno virgen y puro, como todo su cuerpo. Cogió un par de tijeras, y de un tijeretazo cortó su cabello trenzado. Depositó la ofrenda en una caja de zapatos. Se tendió en la cama después de soplar la vela y se durmió soñando que bogaba por un mar azul sembrado de flores y habitado por gaviotas, focas y delfines.

La encontraron dos días después, cuando rompió a llorar el cielo y uno de sus galanes que rondaba por el potrero se percató que la ventana abierta de par en par, dejaba entrar el agua a torrentes y las cortinas danzaban una zarabanda, azotadas por el viento.

Nunca se supo la verdadera causa de su muerte. Los hay que tienen su opinión: de amor imposible… de falta de cariño… de hastío … de soledad…

 

Capítulo diecioc



[1] árbol originario de Chile, de un color verde claro