Dieciséis

 

El sepelio de Don Antonio

 

Don Antonio vive un poco retirado del pueblo. Su casa es más bien una cabaña de madera con dos puertas “una pá entrar y lotra pá salir” y una ventanilla por donde se ve el sol que se va desmenuzando por entre las ramas de los sauces en pleno medio día, y de noche a algunas estrellas que se corren al paso de la luna.

-         ¿Pá  qué quero más si mi vida ya pasó? Fíjese que cuando tenía doce años me juí al norte a trabajar en las salitreras. Allá estaba yo cuando vinieron los milicos y nos mataron a toos, en la escuela Santa María. Hasta yo me caí al suelo, suerte que un muerto me salvó la vida, se me había caído encima y a mí también me dejaron por muerto. Yo ya he vivío tanto ¡Mejor será que me muera!

Así lo conversa con el doctor que viene a observar el estado de su catarro, su tos seca y el color de sus orines casi negros.

 

Don Antonio ha vivido ya tanto tiempo que a veces pierde la cuenta. Las fechas se le hacen un lío cuando quiere recordarlas. Ya no sabe si nació en el año de la Conquista o en el de la Independencia. De lo único que sí está seguro es que empezó a trabajar siendo muy joven. Nada de escuela, ni de estudios, ni de recreos ni nada. Había que ganarse la vida y punto.

Y ahora quiere pararse de vivir. Que la respiración se le acabe, que la gran pompa que lleva en el pecho se desinfle, que las venas se le deshilen, que sus huesos se deshagan como un ovillo de lana usada y que hay que tirar a la basura. Entonces , sólo entonces podrá descansar tranquilamente. Sentarse a reflexionar mirando a los mortales desde su silla en el aire, adivinar el pensamiento de unos y otros, espiar a los enamorados entre las zarzamoras y asustar a las animitas que vagan por los caminos.

 

El doctor que pasa cada tres días lo encuentra jadeante, caído de la cama y enrollado en las cuerdas grises que él ha bautizado sábanas. Y poco a poco su respiración se va apagando hasta terminar en un silbido lento que ensordece definitivamente.

Velaron a don Antonio en la capilla del padre José, porque la casita con dos puertas no hubiera podido servir para un velorio. Sólo se aceptaron a las rezadoras con rosario y a los hombres con su traje de domingo. Nada de gloriaos ni de cuchicheos sobre lo que “hubiera podido ser si no se hubiese encajonado solo”.

La sorpresa mayúscula fue cuando se supo que don Antonio no quería que lo enterraran en Loreto. Había depositado, años atrás, una carta que había pagado para que se la escribieran, expresando su última e inquebrantable voluntad: quería que lo enterraran en Cochico.

-         ¿Y a dónde está eso? – preguntaron todos.

-         Pué por allá, pal otro lado de la capital.

-         Yo decía que era un pesado, ¡Pero ahora, lo peor es que lo pienso de verdad! – agregó doña Elvira.

Se titubeó en tomar la decisión. Nadie sabía si don Antonio tenía familia o no, y si así era se debía ubicar primero al famoso Cochico, y nadie sabía dónde estaba. Se solicitaron los conocimientos académicos de la Señorita. Ella consultó todos los mapas de la región. Buscó en los antiguos atlas extranjeros, por lo que tuvo que viajar hasta la capital. Demoró un día entero para saber que la aldea llamada Cochico había sido rebautizada en tiempos de la Independencia y se llamaba Cochanque.

-         ¡Pero si está a dos días de caballo! – exclamaron todos.

-         ¿Y el tren, pá qué sirve? – agregó alguien.

-         Pué claro; hay que pedir que embarquen el ataúd.

-         ¿Y quién lo va a pedir?   

-         Don Manuel. él puede pedirle al conductor de la locomotora, total habrá que ir después a recogerlo a la bajada del tren.

Se consultaron los horarios, se calcularon el precio y el peso. El conductor aceptó a ese pasajero excepcional, a condición que lo instalaran entre dos vagones y al lado del que servía para el transporte del carbón y de la leña,  - “ pero l’hora es l’hora, y sin alboroto pá que los pasajeros no se asusten” -.

Pidieron prestada una carreta con cochero al señor Ibarrus, quien la prestó a regañadientes

-  Cuidao con romperme las ruedas que cambié con el último envío de sandías en la capital.

El cochero llegó medio tunante, refunfuñando que no lo habían contratado para servir de cochero a un muerto y más encima que ni sabía a qué horas pasaba el tren. De tanto discutir y quejarse pasaron los segundos, los minutos y las horas. Se metió al ataúd precipitadamente en la carreta que tiraban dos caballos esbeltos y veloces.

El padre José no estaba para bendecir a esa alma que se iba sin confesar sus pecados (y tanto peor para él). El látigo se alzó sobre la cabeza del cochero, fustigó el aire, sonó con un estampido seco de látigo enfurecido y la carreta, tirada por los dos caballos esbeltos y veloces salió disparada. El ataúd de don Antonio cayó con estrépito en medio del camino mientras el conductor  azuzaba a los animales hasta perderse en el recodo de la huella que subía al Quillayquén.

Los espectadores, mudos de terror, miraban con ojos desorbitados al féretro de don Antonio que acababa de perder el tren.

Lo enterraron ese mismo día en Loreto y cuentan las malas lenguas que el primero de noviembre se le ve salir corriendo del cementerio, justo a la hora en que pasa el ferrocarril.

Capítulo diecisiete