Dieciséis
El
sepelio de Don Antonio

Don Antonio vive un poco retirado del
pueblo. Su casa es más bien una cabaña de madera con dos puertas “una pá
entrar y lotra pá salir” y una ventanilla por donde se ve el sol que se va
desmenuzando por entre las ramas de los sauces en pleno medio día, y de noche a
algunas estrellas que se corren al paso de la luna.
-
¿Pá qué quero más si mi vida ya pasó? Fíjese
que cuando tenía doce años me juí al norte a trabajar en las salitreras. Allá
estaba yo cuando vinieron los milicos y nos mataron a toos, en
Así lo conversa con el doctor que
viene a observar el estado de su catarro, su tos seca y el color de sus orines
casi negros.

Don Antonio ha vivido ya tanto tiempo
que a veces pierde
Y ahora quiere pararse de vivir. Que
la respiración se le acabe, que la gran pompa que lleva en el pecho se desinfle,
que las venas se le deshilen, que sus huesos se deshagan como un ovillo de lana
usada y que hay que tirar a
El doctor que pasa cada tres días lo
encuentra jadeante, caído de la cama y enrollado en las cuerdas grises que él
ha bautizado sábanas. Y poco a poco su respiración se va apagando hasta
terminar en un silbido lento que ensordece definitivamente.
Velaron a don Antonio en la capilla
del padre José, porque la casita con dos puertas no hubiera podido servir para
un velorio. Sólo se aceptaron a las rezadoras con rosario y a los hombres con
su traje de domingo. Nada de gloriaos ni de cuchicheos sobre lo que “hubiera
podido ser si no se hubiese encajonado solo”.
La sorpresa mayúscula fue cuando se
supo que don Antonio no quería que lo enterraran en Loreto. Había depositado,
años atrás, una carta que había pagado para que se la escribieran, expresando
su última e inquebrantable voluntad: quería que lo enterraran en Cochico.
-
¿Y a dónde está
eso? – preguntaron todos.
-
Pué por allá,
pal otro lado de la capital.
-
Yo decía que era
un pesado, ¡Pero ahora, lo peor es que lo pienso de verdad! – agregó doña
Elvira.
Se titubeó en tomar
-
¡Pero si está a
dos días de caballo! – exclamaron todos.
-
¿Y el tren, pá
qué sirve? – agregó alguien.
-
Pué claro; hay
que pedir que embarquen el ataúd.
-
¿Y quién lo va a
pedir?
-
Don Manuel. él puede pedirle al conductor de la
locomotora, total habrá que ir después a recogerlo a la bajada del tren.
Se consultaron los horarios, se
calcularon el precio y el peso. El conductor aceptó a ese pasajero excepcional,
a condición que lo instalaran entre dos vagones y al lado del que servía para
el transporte del carbón y de la leña, -
“ pero l’hora es l’hora, y sin alboroto pá que los pasajeros no se
asusten” -.
Pidieron prestada una carreta con
cochero al señor Ibarrus, quien la prestó a regañadientes
-
Cuidao con romperme las ruedas que cambié con el último envío de sandías
en la capital.
El cochero llegó medio tunante,
refunfuñando que no lo habían contratado para servir de cochero a un muerto y
más encima que ni sabía a qué horas pasaba el tren. De tanto discutir y
quejarse pasaron los segundos, los minutos y las horas. Se metió al ataúd
precipitadamente en la carreta que tiraban dos caballos esbeltos y veloces.
El padre José no estaba para bendecir
a esa alma que se iba sin confesar sus pecados (y tanto peor para él). El látigo
se alzó sobre la cabeza del cochero, fustigó el aire, sonó con un estampido
seco de látigo enfurecido y la carreta, tirada por los dos caballos esbeltos y
veloces salió disparada. El ataúd de don Antonio cayó con estrépito en medio
del camino mientras el conductor azuzaba
a los animales hasta perderse en el recodo de la huella que subía al Quillayquén.
Los espectadores, mudos de terror,
miraban con ojos desorbitados al féretro de don Antonio que acababa de perder
el tren.
Lo enterraron ese mismo día en Loreto y cuentan las malas lenguas que el primero de noviembre se le ve salir corriendo del cementerio, justo a la hora en que pasa el ferrocarril.
