Dieciocho
L’ánima Toyo.

Galiano salió titubeando de la
bodega, después de haber tragado tres cachos de chicha amarga. Don Manco le había
estado gritando desde hacía media hora:
-
¡Galiano, ándate ya que voy a cerrar!
Pero Galiano lo había escuchado
con una carcajada gutural en el
fondo de
Don Manco le vendía sólo tres
cachos y lo echaba apenas podía, de miedo a que se durmiera en el despacho,
como había ocurrido otras veces.
El hombre borracho tangueaba por
el camino que iba hacia Monte Grande, desgañitándose de risa, tratando de
seguir el vaivén del cuerpo con zetas complicadas, hasta que el cuadrado de luz
que salía del bodegón se le achicaba en la espalda, dejándolo al final medio
tragado por la oscuridad de la noche.
Su deambular empapado de alcohol
se detenía en el recodo de la huella, justo al borde de la acequia, al lado del
poyo kilométrico del Quillayquén. Allí, seis o siete velas alumbraban el
camino desde el anochecer. Eran el homenaje mudo del vecindario a la
impasibilidad del más allá y servían de punto de repera al caminante
solitario.
Antes de la capilla, frente al
moño del Quillayquén, estaba el recodo que llegaba a Loreto ; detrás de
la capilla, dando la espalda al monte el camino serpenteaba, como un polvoriento
lazo de vaquero, hacia Monte Grande.
A veces, en noches de luna llena,
era fácil seguir el rastro de una carreta de bueyes, que en su lento caminar
había sembrado trozos de paja. Pero en noches de cielo oscuro, sólo el animita
Toyo ofrecía las luces temblorosas de sus velas.
Galiano miraba el remanso de
lucecitas amarillas y con pausa acostumbrada se quitaba el sombrero, juntaba las
manos y se abismaba en una reflexión entrecortada de hipos.

L’animita Toyo, que en su vida
de mortal se había llamado nada más
que Toyo a secas, fue descubierto una mañana por dos comadres asustadas, cuyos
gritos, decían, resonaron hasta los extremos lejanos de Loreto y Monte Grande.
El caballo que pastaba cerca las había mirado sacudiendo las orejas, como
queriendo decir « que par de hembras más estúpidas, gritar así como si
con tales gritos se pudiera componer algo… » El, había esperado
pacientemente a que el hombre se levantara para volverlo a montar, como ya había
ocurrido antes, pero ahora el Toyo no se había movido más. Y allí lo habían
descubierto la aurora y el par de comadres, con el cráneo abierto contra el
poyo kilométrico y los sesos desparramados en
Pero, ¿no dice la gente que un
finao tiene güena memoria[1] ?, entonces a pesar de
la ausencia de fotografía, el lugar quedó allí respetado y, sobre todo,
temido.
El Toyo, quien en su paso por
esta tierra sólo había sabido cabalgar de una hacienda a otra, regando
cosechas, segando trigales, emborrachándose en los días de paga ,
luciendo los combos[2] en los rodeos con su
fama de « matón » y de « guapo »[3], había accedido con
su muerte violenta a la inmortalidad y al respeto temeroso que no había logrado,
ni intentado lograr siquiera, en su estadía terrenal.
Si una casera tenía un problema
arduo que resolver, se iba a invocar : « Toyito, animita del
purgatorio, haz que la suerte me ayude ». Alguien lanzaba una ofensa y la
réplica surgía con la rapidez de un relámpago : « Que l’ánima
Toyo te corte el pescuezo tal por cual ». Y el lugar privilegiado, al lado
del poyo kilométrico adonde por casualidad el hombre había expirado, servía
de indicación geográfica para el transeúnte forastero. : « Cuando
llegue usté adonde l’ánima Toyo, hay que torcer a la izquierda ».
Las velas se amontonaban en las
casas situadas al borde del camino grande. Y
a cada puesta de sol se veían
las siluetas fugitivas de los moradores que alumbraban el homenaje diario, para
luego ir a encerrar las gallinas en la cocina, poner la tranca en el potrero
adonde « el potrillo está mamando » y correr a fortificarse en la
casa, al amparo del miedo que ardía en el camino con su olor de soledad y de
muerte.

Galiano, se detenía, conforme a
la tradición, y con hipos de curado[4]invocaba cosas sólo
de él conocidas.
Pero lo que no sabía la gente,
era que un singular pacto unía a Galiano con el Toyo desde hacía ya varias
semanas.
En una noche sin luna, el hombre
repleto de chicha, había tropezado con
El miedo ingenuo de la maldición
que pesaría sobre él si le tomaba una vela al hombre invisible, le hizo
reflexionar una fórmula caballerosa, digna de tal empresa. Y tembloroso,
apretando el sombrero en sus manos callosas, había tratado de pensar con
claridad , ¿acaso no decían todos que un fináo podía leer en la mente de la
gente? : «Toyito, como podís ver la noche está renegra y pá Monte
Grande toi obligao[6] a pasar el puente, tú
que viviste por aquí conocís el camino. Te voy a pedir prestao una vela, pá
esta noche nomás. Mañana te voy a traer dos. Así ganái[7] una y yo no me caigo
al río. Le pediré a la vieja que te rece dos Paire Nuestro y dos Ave María»
Galiano alargó una mano
tiritona, tanteó el sebo que le quemó el pulgay y empuñando la vela se fue
dibujando su sombra por el sendero rodeado de álamos.

Queco susurraba temblando:
-
¡Ay, que no me vai a créer vieja si te lo digo. Ay que
si te lo digo no me vai a créer! - Y Florinda lo miraba desconfiada para
terminar gritándole
-
¡Tái curao[8], anda acostarte!
- ¡Que si me acuesto no
voy a poder dormir y a lo mejor va a venir aquí pá tirarme los pies!
Y Florinda suspiraba rezongando:
- De qué sirve un hombre
que después de trabajar toa la santa semana, llega nadando en la chicha. ¡Güeno pá ná!
Y Queco seguía lloriqueando:
- Lo ví, te lo juro que
lo ví, me pasó al lao y casi me tocó …
Y, la búsqueda del silencio, de
ese silencio tan deseado por la mujer extenuada de tanto trabajo terminó por
vencer.
- ¡Güeno, y qué viste güeno
pá ná! ( mañana con el
primer pito del tren tengo que poner el pan al horno)
- Venía por el camino con
la vela en la mano…
- ¡Y quién venía por el
camino curao é mierda!(mañana tengo
que ir a vigilar al perro sarnoso que me anda robando los huevos) »
-
No te burlís vieja, que las ánimas que se pasean por los
campos es porque les faltan rezos. Quién querís que sea ¿ ah ? el
Toyo pós el Toyo que está cansao de esperar en el borde de la huella que se le
recen cosas !
-
¡Jesús María y José! ¡Cállate disparatero, que te se
va a caer muerta la lengua! ¡No te curís más que ya estai viendo visiones. El
dotor me lo dijo que así empeza la locura del curao! ¡Mañana te van a pescar
los tiritones y pasao mañana ya tarís tieso!
Florinda se persigna mientras el
miedo desliza sus dedos ágiles por la espina dorsal y sube hasta apretarle la
garganta, aguzando los sentidos, dejándola atenta al silbido del viento, al
llanto de la lluvia y al paso de la noche que irrumpe por debajo de la puerta,
desclava las bisagras de las ventanas y trepa por entre las sombras que la luz
de la vela hace bailar en las paredes.
Queco sigue lloriqueando y
termina desplomándose en el catre que cruje con recelo. Al cabo de un momento,
su ronquido de borracho indica que l’ánima Toyo se quedó en el rincón del
camino, acampando detrás de un árbol con su vela en la mano, por allí, por
allá, entre Loreto y Monte Grande.
[1] un finado (un fallecido )tiene buena memoria
[2] puños
[3] mala leche
[4] borracho
[5] casualidad
[6] estoy obligado
[7] ganas
[8] estás borracho