Catorce
Los
Bandidos.

Llegaron un día por el tren, que los
desembarcó con sus mochilas repletas “de cosas para comer”, dijeron dándose
codazos y con una sonrisa pícara en los labios. Eran cinco. Al menos esas
fueron las cuentas que se transmitieron después por la radio, se telegrafiaron
al retén principal de la capital y que contó para que se tomaran medidas en
armas y carabineros.
Cuando la noticia de que Loreto había
sido el lugar de destino elegido por cinco maleantes, que habían atacado nada
menos que el Banco Central de la capital, el pueblo se estremeció de miedo y de
placer.
-
¡Quién lo
hubiera pensado! ¡Elegir este pueblo, con lo tranquilo que es! ¡Estos bandidos
ya no tienen límites!, agregaba doña Elvira, ¡Habrá que pedir más protección
para nuestras cosechas!
-
¿Y por qué
quiere usted que ataquen las cosechas, con los millones que tienen metidos en
las mochilas? – clamaba don Manuel – Si fuera yo el que hubiese atacado el
Banco, pué seguro que no me hubiera venido a meter a este pueblo donde todos se
conocen. ¡Aquí, hasta los perros ,y los gatos están contabilizados!
Y la presencia real, pero
completamente invisible, de los cinco organizadores y ejecutores del ataque a
mano armada, empezó a correr como ánima en pena de campo a campo, de casa en
casa, de cerro a cerro. Todos los alrededores de Loreto fueron auscultados,
sondeados, registrados al revés y al derecho. Se descubrió a los enamorados
escondidos tras los matorrales. Hubo madres que se cayeron de espaldas cuando
supieron los nombres de los enamorados. Otras empezaron a preocuparse de dejar
cerrados los retretes y las granjas con candado, por si...no se sabe nunca...a
lo mejor..., y pese a todas las precauciones los bandidos permanecieron
perfectamente intangibles. Era como si la tierra se los hubiese tragado.

El Teniente del retén de Quillayquén
recibió la orden de atravesar los cerros y de trajinar los bosques de la
comarca vecina.
-
No olvide mi
Teniente que por allá se sube hasta las cumbres de
La caza al hombre duró diez días.
Diez días durante los cuales Loreto entero acechaba, jadeante, que los
carabineros, cuando bajaban de los cerros del vecindado, trajeran en ancas de
sus caballos a los maleantes amordazados, atados de pies y manos, arbolando
carabinas humeantes y viseras polvorientas.
Al quinto día de espera llegó la
noticia de que ya se habían matado a dos. Los carabineros emboscados detrás
del moño del Quillayquén, que es así como se llama a esa cumbre, habían
logrado alcanzar con sus disparos a los dos más atrevidos. Se los remolcó en
una carreta de arriero, tapados con las mantas y las capotas de los carabineros
mismos.
El doctor, llamado a confirmar la
muerte por balas de los dos fugitivos, recibió el consejo de no revelar las
identidades.
La caza continuó detrás de las rocas cordilleranas, y en los acantilados resonaba el eco de los disparos.

Voces impersonales transmitían
noticias en Loreto : - Dicen que ya no queda más que uno – Pero no, si sólo
se han bajado a dos – Es que parece que los otros dos se cayeron en la
quebrada y allí están pa que se los coman los pumas.
Cuando ya no quedaba, de verdad más
que uno, corrió la voz de que se estaba muriendo de hambre y de sed : ¡Imagínese
usté, a puro pan y agua desde hace má de diez días. Ya se debe haber comío y
tomao tóo! – Yo por tantos millones no me habría dejao matar de hambre - ¿Y
quién le cuenta a usted que se está muriendo de hambre, si llevaban las
mochilas llenas? - ¿Pero es que usted no sabe que no eran cosas para comer, si
no que eran los millones? – Parece que hasta está herido, lo alcanzó un
balazo del Teniente - ¿Y quién te dijo que el Teniente era el que disparaba? ¡Si él está ahí nomás que pá mandar!
Cuando el último sobreviviente de la
aventura fue bajado completamente amordazado y entornillado con una soga, se
supo que en realidad los bandidos eran sólo tres.
-
Tres o cinco ¿qué
más da? Total, el Teniente pudo dar pruebas de que su retén sabe mantener el
orden por estas comarcas – comentaban todos.
La noticia de la cacería se repercutió
en los diarios de
Loreto vivió ese año con las aventuras de los atracadores del Banco Central de la capital, como plato de entrada y los postres fueron las animitas de los dos bandidos quienes se habían caído en las quebradas de los acantilados, según el rumor persistente, y de los cuales nunca se supo el nombre, pero que la creencia popular santificó y hasta les inventó uno : Juan Negro y Juan Blanco, el que sale de noche y el que sale de día detrás de los precipicios del moño del Quillayquén.

[1] Gabriel González Videla, presidente de Chile desde
1946 hasta 1952
[2] marca de una cerveza, en oposición a la Malta o
cerveza negra.
[3] policías en civil