No
sé exactamente por
qué guardé este dibujo entre los recortes de mi
archivo, quizás sea porque me
trae a la mente una serie de asociaciones relativas a la maravilla y el
peligro, o, simple y llanamente, porque todavía me persigue
la imagen
espeluznante de esa serpiente que vi sobre los rieles del ferrocarril
de
Orcoma, un pueblo valluno donde viví de niño.
La
serpiente, gorda como el tronco de un
árbol, yacía dividida en tres partes bajo el sol
que caía inundando la tarde.
Los curiosos, quienes se dieron cita desde las horas de la
mañana, hicieron un
ruedo para contemplar de cerca al animal que perdió la vida
entre las ruedas
herrumbrosas de la locomotora. Me abrí paso entre la gente
y, a poco de salir
adelante, me enfrente a una realidad que hizo erizarme los pelos, pues
la
serpiente tenía la cabeza del tamaño de la cabeza
de un cordero, los dientes
ganchudos en la mandíbula superior y unas rayas negras que
le cruzaban a lo
largo del lomo; era una serpiente enorme, tan enorme que cuando los
pobladores,
cuchillos y machetes en mano, se dieron a la tarea de cuartearla, se
supo que
el carnicero del pueblo no pudo vender su mercadería por
varios días.
Desde entonces,
la imagen de esa serpiente se negó a abandonarme. Se
metió en mis sueños con
una nitidez escalofriante, persiguiéndome con toda su
ferocidad y belleza, como
si de veras formara parte de mi cuerpo. Lo cierto es que tampoco puedo
ni quiero
olvidarla, así me siga espantando como cuando miraba a los
diablos en el
Carnaval de Oruro, donde los danzarines, imitando a los demonios del
infierno,
lucían serpientes en las máscaras, con una
ferocidad semejante a la cabellera
de Medusa. Además, la máscara de diablo que le
regalaron a mi madre, y que ella
colgó como adorno en la pared del cuarto, me causaba un
miedo acosador por las
noches, sobre todo a la hora de dormir, pues me lo encontraba en los
laberintos
del sueño, empujándome hacia un abismo iluminado
por lo fantástico y lo
diabólico.
Después supe que
la serpiente fue la tentadora del género humano.
Según la versión bíblica,
cuando el mundo flotaba todavía en el vacío, Dios
dijo: Que se haga la luz, que
se haga el agua y que se hagan los animales en la tierra, en el aire y
en el
agua. Después creó al hombre de un montoncito de
tierra, le dio vida con su
divino aliento, le quitó una costilla y con ella hizo a la
mujer, quien fue
tentada por la serpiente que le dio de comer la fruta prohibida del
Paraíso.
Una vez que Adán y Eva se hicieron pecadores por comer del
árbol del saber, del
bien y del mal, fueron echados del jardín del
Edén y condenados a errar por el
mundo. Pero como Dios no estaba conforme con el pecado original en el
cual
incurrieron las criaturas hechas a su imagen y semejanza,
condenó a Eva a ser
la sirvienta del marido y a soportar con dolor la gestación
y el parto,
mientras que a la serpiente, criatura maligna del demonio, le dijo: Tú
eres
la más maldita entre todos los animales, polvo
comerás y sobre tu vientre irás
por el resto de tu vida…
Pero mayor fue mi
temor cuando supe que
Los dragones,
aunque parecen cuadrúpedos, no dejan de ser reptiles. La
palabra griega que los
designa (drakon) también significa
serpiente. La serpiente cornuda
aparece en la alquimia latina del siglo XVI como cuadricornutus
serpens
(serpiente de cuatro cuernos), símbolo de Mercurio y
antagonista de
Así
transcurrió
mi infancia, hasta cuando llegó el día en que me
vi asaltado por la experiencia
de la curiosidad y el aprendizaje. En el colegio entré en
contacto con las
aventuras de El principito, de Antoine de
Saint-Exupéry, el dibujante,
escritor y piloto francés que, durante
De modo que la
serpiente no sólo era el símbolo del mal, sino
también una imagen emblemática
del saber y la fuerza, con la cual se identificaban muchos pueblos
primitivos,
y el símbolo de la moderna química
orgánica, pues el químico alemán
August von
Stradonitz Kekulé, investigando la estructura molecular del
benceno, soñó con
una serpiente que se mordía la cola; una imagen
onírica que le permitió deducir
que la estructura del benceno era un anillo cerrado de carbono.
Más adelante supe
que las serpientes, al menos en ciertas culturas, eran consideradas
animales
domésticos y adoradas como dioses. En el México
precolombino, por ejemplo, se
adoraba a Quetzalcóatl, la divinidad de los aztecas, la
serpiente engastada en
preciosas plumas de quetzal, que un día se
embriagó e incurrió en el pecado de
la carne, y al morir, quemado en una hoguera, su corazón
ascendió al cielo
identificándose con la estrella Venus, mientras sus cenizas
se alejaron en una
balsa de culebras por la ruta de los volcanes, prometiendo volver otro
día por
donde nace el sol, con la felicidad en sus alas y la venganza en sus
escamas.
El dragón de la
mitología china, a diferencia de los dragones de la
mitología occidental, no
echaba llamas sino nubes por la boca; tenía la cabeza de
camello, los cuernos
de ciervo, los ojos de demonio, las orejas de buey, el pescuezo de
serpiente,
la piel escamada, la panza parecida a las ostras, las patas de tigre y
las
garras de águila. No obstante, en el mundo
mitológico se lo representaba con
propiedades humanas. Su elemento principal era el agua y
poseía poderes
sobrenaturales sobre la lluvia y los ríos, los lagos y las
tormentas. El
dragón, en su función de espíritu
protector, formaba parte del mundo de los
inmortales y mantenía relaciones con los dioses, quienes lo
usaban para
cabalgar por los cielos.
Si el león era el
símbolo de las monarquías europeas, el
dragón era el símbolo de los emperadores
chinos, quienes se retrataban sentados sobre él y
acompañados del ave Fénix. El
dragón pasó a formar parte de la vida cotidiana
de los pueblos asiáticos; en su
honor se celebran fiestas cada quincena del primer mes del
año y en su honor se
representa la danza del dragón, una
antigua tradición que se conserva
viva hasta nuestros días.
Así, al descubrir
que la serpiente tenía otras connotaciones en las culturas y
religiones ajenas
a Occidente, me puse a pensar que la versión
bíblica no era la única ni la más
sagrada. Pero mayor fue mi sorpresa al saber que entre las tribus del
Amazonas,
donde los hombres viven en simbiosis con la naturaleza y respetan la
vida de
los animales como a su propia vida, existen chamanes que aseveraban
haberse
encontrado con el espíritu de las serpientes muertas, como
cuando Hamlet se
encontró con el espíritu de su padre en el drama
de Shakespeare.
En la actualidad,
la creencia de que las serpientes son animales de mal augurio y
criaturas del
demonio ha dejado de tener sentido, sobre todo, desde que los
zoólogos
empezaron a construir terrarios para exhibirlos como especies
raras pero no
peligrosas. Ayer mismo estuve en el terrario de Skansen, en
Estocolmo,
donde vi de cerca a una hermosa serpiente que, arrastrándose
lentamente en su
hábitat artificial, me dirigió una mirada triste,
como diciéndome: Aquí me
tienen, arrancado de mi medio natural y metido en esta caja de cristal,
donde
unos me miran con admiración y otros con insoportable
espanto.