Van
saltando por entre los charcos de agua, hundiendo sus pies en el barro
que las lluvias torrenciales han depositado como una ofrenda legada
por el invierno. Los niños ya están
acostumbrados a aquel camino que recorren diariamente. En
verano es un lazo polvoriento, enmarcado por dos enormes alambrados
cubiertos de zarzamoras. En primavera, no deja de parecerse mucho al
aspecto que tiene en verano, sólo que por entre las
zarzamoras vuelan mariposas y se esconden lagartos que surgen
repentinamente por entre las piedras del sendero. En
otoño, los álamos que se divisan más
allá de los matorrales se visten de amarillo y de rojo.
Luego se desvisten con gracia alada, las hojas se desprenden como si
fueran mariposas aturdidas que resbalaran por las ramas.